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ALBERTO METHOL FERRÉ. EL URUGUAYO PERFECTO.

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Mario Casalla

            Prefiero recordar nuestro último encuentro en vida; fue no hace mucho tiempo en Asunción del Paraguay. Participábamos con Alberto Methol Ferré de un seminario internacional sobre educación, organizado por un conjunto de gremios docentes latinoamericanos nucleados en la FLATEC. Ambos hablamos en sendos plenarios y yo además presenté una magnífica exposición suya sobre la actual situación política latinoamericana. Como siempre nos deslumbró con su sabiduría y solvencia intelectual, a lo cual se agregaba una pasión latinoamericana que no es común en la esfera de los denominados “especialistas”. Es que Methol era –en el sentido más profundo de ambos términos- un intelectual y un ideólogo, es decir alguien que piensa los problemas con visión y proyección política, tanto como predica ideas en las que cree profundamente y apuesta a ellas con su vida y con su ejemplo. Ese pensamiento político hecho credo se sintetizaba en Methol con dos palabras, tan sencillas como difíciles: integración latinoamericana. O si prefieren, patria grande, o unión sudamericana. Denominaciones todas ellas que, curiosamente, mencionan tanto una falta como una procedencia. Hacia ella trabajosamente tendemos (hoy por suerte con bastantes buenos vientos) y de su resquebrajamiento procedemos. De ese “todo” mayor surgieron –entre miopías locales y fuertes condicionamientos exteriores- estas débiles realidades nacionales; y hacia allí tienden también para fortalecerse y participar, con cierto poder de decisión, en este nuevo orden político internacional que se insinúa.
            Poco antes de regresar a nuestras respectivas “provincias” (Montevideo y Buenos Aires) tuvimos una entretenidísima cena en Asunción con nuestro actual embajador en Paraguay (Rafael “Balito” Romá) y los dirigentes sindicales docentes Horacio Ghilini y Mario Morant, también fuertemente comprometidos con ese ideal concreto de la unidad latinoamericana. Y a pesar de esas coincidencias básicas (o acaso por eso mismo!) polemizamos bastante acerca de medios, caminos y oportunidades para alcanzar esa soñada unidad regional. Es que en una mesa donde está Methol, la buena conversación es un arte hecho de réplicas, propuestas y búsquedas consensuadas. Methol era –permítaseme la expresión- el “uruguayo perfecto”: es decir un artiguista que conocía muy bien su papel de puente entre dos potencias subregionales, condenadas a entenderse para el bien común de la región (Brasil y Argentina); a diferencia de aquellos otros que jugaron -en cambio- a la función de “algodón entre dos cristales”, pretensión inglesa para la naciente República Oriental del Uruguay en el siglo XIX. Alberto, “blanco” y nacional de toda la vida y creador en sus inicios del actual Frente Amplio (en épocas de Liber Serigni), sabía que si Uruguay tenía un destino propio era zafando de ese lugar inglés (o portugués) y adoptando en cambio el programa del federalismo regional artiguista, aggiornado a la naturaleza de estos tiempos, cosa que sabía hacer muy bien. Por eso era una figura “molesta” en el propio Uruguay, ya que les recordaba permanentemente a sus compatriotas ese otro camino posible, más allá de la utopía de una “suiza rioplatense”, o del sueño “colorado” de la república neutral, laica y casi perfecta, con secreto bancario y Punta del Este incluida. Sabía muy bien Methol que la grandeza y el real poderío uruguayo estaba en ese papel de “puente” a favor de la unidad regional y no en esos menesteres secundarios como ayudante de campo del imperialismo de turno. Por eso fue amigo de argentinos y de brasileros; pero también fue crítico incondicional cuando esas dirigencias se apartaban de la gran obligación política: entenderse e impulsar a la región por el camino regio de la integración y liberación nacional. La revista Nexo -que fundara y dirigiera con Washington Reyes Abadie- llevó ese nombre precisamente porque asumió esa gran tarea “uruguaya”: predicar la integración.
            Tampoco en la Argentina –donde se lo invitó permanentemente en los últimos 30 años- era sabor grato a todos los paladares, porque también aquí predicó incansablemente esos mismos ideales. Marcelo Gullo -uno de sus lúcidos discípulos actuales- escribió un “Adiós al maestro” donde refleja muy bien esta singular postura: “A las izquierdas, nunca le gustó que Methol fuese un hijo intelectual de Rodó y Vasconcelos, y a las derechas, nunca les gustó que fuese el hermano intelectual de Abelardo Ramos. Claro, Methol iba más allá de las derechas y de las izquierdas, porque Methol era “pochista”, porque Methol era también un hijo intelectual de Perón, al que Methol, en su estilo tan coloquial, cargado de cariño y admiración, gustaba llamar “el Pocho”. “¿Que clase de pochistas son ustedes- gritaba Methol con esa voz de trueno que tenía cuando se enojaba, interpelando al pejotismo-, que se han olvidado lo funda-mental del pensamiento del Pocho?” Todavía recuerdo el fuego de sus ojos y su voz de trueno cuando denunciaba el abandono, por parte de la mayoría de la dirigencia peronista, del pensamiento estratégico de Perón. Methol estaba entrañablemente unido al peronismo”. Y claro, eso no es nunca perdonable del todo en la Argentina, ni en el río de la Plata.
            Era también Methol un pensador cristiano y, más precisamente, católico. Con toda seriedad y con un dejo de ironía (por qué no decirlo también, ya que se le reflejaba en la cara!) llamaba a la iglesia la “Santa Madre” y trató siempre de mantenerse en su ortodoxia, aunque cercano a los sectores renovadores. Cesanteado de su cargo público en el Uruguay por la dictadura de los ’70, asumió como asesor del CELAM y fue –desde allí- uno de los grandes inspiradores y redactores del histórico “Documento de Puebla”. Años antes había polemizado con Gustavo Gutiérrez sobre Teología de la Liberación, aunque después admitió sin cortapisas que la derrota de esa línea teológica latinoamericana sirvió para que los sectores más reaccionarios de la ortodoxia terminaran minimizando, o directamente archivando, esa “opción preferencial por lo pobres” con la cual él acordaba en lo sustancial.
            En fin, otra polémica que tengo abierta para seguir conversando en el Cielo. Allí hay que seguirla, porque estoy seguro que Tucho todavía tiene con qué provocarme al respecto. También seguiremos discutiendo –seguramente- sobre su singular interpretación acerca de la unidad de las coronas española y portuguesa para la posterior unión iberoamericana, sobre el Peronismo y sus destinos posibles y sobre cuántos tópicos quiera él traer a la mesa. Pero debo desde ya prevenirme: en el Cielo o dónde esté Tucho correrá también con ventaja, porque los Ángeles seguramente estarán de su lado. Y no es poca cosa tratándose de un uruguayo de ley.

 

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