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GENIO Y FIGURA

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Hace poco, en la Casa del ALBA, dije unas palabras durante un homenaje a Alberto Methol Ferré, alias el Tucho, un destacadísimo pensador uruguayo fallecido el 2009 y que fuera mi amigo de juventud. Por más que traté, no pude zafarme de ese compromiso. De negarme, habría ofendido a Elsa, una aguerrida hermana suya y gran amiga mía. Con toda claridad me hizo saber que si yo, el único coetáneo del Tucho residente en Cuba, me negaba a participar con unas palabras en su homenaje, ella jamás me lo iba a perdonar.

––Figuráte ––le dije en un último intento de liberación––; me vas a poner en ridículo.

                Y le recordé que sobre la obra y el pensamiento del Tucho, yo no sabía nada. ¿Qué iba a decir en un acto lleno de politólogos y estudiosos del integracionismo? Sólo podía aportar banalidades, rasgos de su personalidad juvenil, de su apariencia física y quizá algunas anécdotas de hacía 50 años, cuando ambos teníamos menos de 30.

                Todo fue inútil. Ella dictaminó que mis banalidades aportarían un toque de humanismo,  y estaba segura de mi capacidad para cerrar el acto con palabras cálidas y emocionantes.

                En fin, acorralado, sin escapatoria posible, y ya resignado a pasar el mal trance, me puse a pensar qué cosas cálidas y emocionantes podía inventar sobre el Tucho, para cerrar con un toque de humanismo.

                Durante un par de días no se me ocurrió nada. Pero de pronto me iluminó una idea osada. Si yo bajaba al Tucho del pedestal en que lo tenían su hermana, los chavistas y lulistas ¿no le daría con eso un toque de humanismo? 

                En mi novela El ojo de Cibeles comparé a Sócrates con un fauno rechoncho de ojos saltones, semejante a las estatuillas de Sileno, de nariz muy chata, que caminaba descalzo por la Ciudad y se balanceaba como un pato. Y eso cayó muy bien. ¿Por qué no aprovechar ahora el único defecto caricaturizable del Tucho? Quizá podría sacarle algún partido. Porque el Tucho, queridos contertulios, tenía un defecto: era tremendo gago; y único, originalísimo en su estilo.

                Acto seguido, concebí iniciar mi toque de humanismo por vía de la comicidad. y al llegar aquella tarde al local del ALBA, iba decidido a centrar mis palabras en el contraste hilarante que me ofrecían la tartamudez del Tucho y su buena presencia.

                Lo describí con abundantes detalles de su figura y rasgos físicos, como el hombre muy bien parecido que era, envidiado siempre por tener atrás una legión de bellas mujeres.

                Era además muy atildado. Vestía variados trajes de buen paño y bien cortados. Exhibía una colección de corbatas Tremplette, carísima marca francesa que vendían en una boutique de lujo, propiedad de una de sus amantes. Sus zapatos brillaban siempre. Los cuellos sin arrugas, la línea del pantalón planchada, la manos cuidadas, completaban su imagen física tan atractiva.   

                Yo lo conocí en el Café Sorocabana, epicentro de la bohemia montevideana entre los años 40 y 80 del siglo pasado. Yo tenía entonces 20 años y él unos 24.

                Al Soro acudía lo más suculento y abigarrado de nuestra intelligenzia de entonces, incluido el lumpen de la cultura. A la misma mesa se sentaban intelectuales de izquierda y de derecha, anarcos y burgueses, poetas y negociantes; católicos, prostitutas, estudiantes, comunistas, teósofos y rufianes.

Llegaba con frecuencia Cabrerita, esquizofrénico agresivo, criado en orfanatos y portales, pintor luminoso, autodidacta. Solía saludar al que fuera con algún insulto: “¿Cómo te va cagatintas?”, o “¿Qué es de tu vida, burgués de mierda?”.

Otras veces llegaba sonriente y te extendía una mano mugrienta, pegajosa como su voz; y te ofrecía, por un café con leche, un dibujo suyo que hoy valdría cientos de dólares.

O llegaba una poetisa loca, muy flaca y muy pálida cuyo nombre no retengo, con su langosta emperifollada, llena de moños de colores, amarrada de una cadenita con cascabeles, noble animal según su dueña, que no ladraba ni aullaba ni juntaba pulgas y conocía todos los secretos del mar.

Llegaba el Homociclo en su silla de ruedas, anunciando que ese día había comido y estaba dispuesto a discutir de lo que fuera con el más pintado.

Un amplio rincón al fondo, lo ocupaban los exiliados de la Guerra Civil Española, anarcos y bolches, peleados a muerte entre sí, que solían protagonizar discusiones y broncas de piñazos y patadas. El incidente más sonado ocurrió al presentarse uno de ellos con una bolsa de excrementos que le reventó en la cara a otro. Asqueado y groggy, el agredido sólo atinó a lavarse en una pila de cristal donde nadaba un pececito que murió poco después, intoxicado. Los poetas del café le compusieron himnos y epitafios y alguien le cantó un requiem en latín.

Aquel antro era sobre todo pródigo en la canalla de la cultura nacional, una partida de  chiflados, buscadores de la verdad absoluta.

Yo comencé a frecuentar el Sorocabana cuando era todavía un adolescente y me iniciaba en el teatro; pero luego, volví como militante comunista, donde encontraba numerosos camaradas.

                Y entre aquella polícroma fauna, el Tucho era otra rareza. Porque a su distinción y buena presencia, sumaba su condición de católico, filósofo, hombre de una cultura universal, y con todos estos atributos que le habrían merecido el desprecio de los comunistas, los de mi grupo le teníamos gran respeto. Reconocíamos su inteligencia y sabiduría, y aunque despistado, lo considerábamos una buena persona. Esa fama la ganó por su actitud hospitalaria y humilde con todo el que se acercara a su mesa, así fuera el lumpen intelectual que siempre necesitaba de alguna explicación, o de un café con leche. Y el Tucho, como buen cristiano, jamás despreciaba a nadie y dialogaba con cualquiera.

                Su cristianismo no era proselitista ni místico ni empalagoso, y sí muy erudito. Se había leído toda la Patrística. No creo que ningún laico de mi país conociera mejor a Santo Tomás o San Agustín. Pero los comunistas más inteligentes de mi grupo le cogieron respeto cuando en sus discusiones con él, se dieron cuenta de que conocía a fondo la propia literatura marxista. Se había leído  a Lenin, Plejanov, Bucharin, Rosa Luxemburgo; y era un polemista sólido cuya sapiencia, información y memoria desarmaban a cualquiera.

                Y ustedes se preguntarán ahora cómo podía un tartamudo, ser eficaz en discusiones. En realidad su gaguera era esporádica. Podía pasar varios días sin un solo tartajeo, pero cuando venía trabado, aquello era un fenómeno.

                Se atascaba siempre en una efe. Y si te decía por ejemplo que para sobrevivir a las dictaduras lo importante era tener f..., f..., f... y al principio de mi relación con él, cuando ya llevaba 15 segundos en su f..., f..., f..., yo me desesperaba, me ponía nervioso, y para ayudarlo le sugería: “filosofía”, “fe”, “fuerza”...; pero él meneaba la cabeza como un toro antes de embestir, y persistía en resoplar su efe, con los carrillos inflados, negado a aceptar ayuda, y al cabo de una eternidad, con los ojos vueltos hacia arriba, pronunciaba algo que nunca empezaba por efe, como f... f... “ecuanimidad”, o f... f... “resistencia”.

                La gente disfrutó de aquello y hasta me aplaudieron, como si hubieran presenciado una actuación cómica. Varios me comentaron que después de ver la académica multimedia, y oír una síntesis de sus contenidos, aquel personaje tan ilustrado, apuesto y elegante, víctima de tan cómica tartamudez, resultaba más simpático y cercano.

                Y esa misma noche, en diálogo con mi esposa, le conté algo que ella no conocía, y ambos lamentamos que no se me ocurriera comentarlo para cerrar con broche de oro aquel homenaje al Tucho. Y eso es lo que voy a contarles ahora.

                Al café acudía a diario Álex Gandolfo, otro insigne gago. Y este sí era de tiempo completo. Tartamudo full time.

                Álex se atascaba cada pocas palabras, y siempre en una vocal. Para seguir adelante comenzaba a elevar el tono y el volumen de esa vocal, hasta convertirla en una sirena y destrabarse en unos gritos muy agudos que perforaban el estruendo compacto del café. Por cierto la sirena de Álex podía oírse en todo el recinto. Por sus gritos, siempre podía saberse si estaba en el café.

                Era un hombre muy flaco, feo, con granos en la cara, lleno de tics, torsiones y estiramientos, pero muy fuerte. Ninguno de los forzudos del café le ganaba a pulsear. Había algo eléctrico en sus movimientos. Y al parecer, su dramática tartamudez no le generaba inhibiciones ni complejos. Perseguía a las mujeres, se las daba de seductor y le gustaba alardear de sus conquistas. A cada rato se aparecía con alguna y las cambiaba con frecuencia. Él explicaba por ejemplo, que para iniciar una relación, cualquier sitio le venía bien. Podía ser en una fiesta, en un velorio, en la calle, en un parque, una playa, en cualquier parte Si se veía atraído por una mujer que montaba en su mismo ómnibus, el no perdía tiempo en atacarla de frente.

                Yo no me explicaba sus aparentes éxitos. No era creíble que un hombre sin ningún atractivo físico, con sus enormes desventajas, tics y gaguera, pudiera seducir a nadie. Al principio supuse que las atraía con dinero. Él ganaba mucho como grabador de joyas y podía pagarlas. Un día se apareció por el café con una morocha despampanante y aquello me alborotó la curiosidad. ¿Como habría hecho aquel tronco de gago, con sus muecas y su fealdad, para levantarse una mujer así? Y en la primera ocasión en que estuvimos a solas, me puse a tirarle de la lengua y le pregunté si empleaba alguna técnica particular de abordaje.

                Él me explicó que su única técnica era la na... a... a... aturalidad. Y ya fuera que se le sentase al lado, o de pie en el pasillo de un autobús repleto, él se le dirigía con todo respeto para preguntarle si ella sabía cua... aantas paradas faltaban para la plaza I....iiindependencia.

                Yo nunca lo vi en acción y siempre supuse que esa técnica de la na....aaaaturalidad, era pura mitomanía.

                Y la historia que lamento no haber contado para cerrar el homenaje al Tucho, involucra por cierto a Álex, que era también su amigo.          

                Una noche en que acompañé a una hermana mía y a una prima, ambas veinteañeras y buenas mozas, a un cine cercano al Sorocabana, mi hermana, que me había oído comentarios sobre la fauna del Sorocabana quiso conocer el antro y me pidió que entráramos a tomar un café. 

                Y al llegar al recinto central, por cierto repleto, busqué una cara amiga para sentarnos en su mesa, y alguien que tenía varias sillas disponibles me hizo señas. Ahí nos sentamos y a los dos minutos llegó el Tucho que pidió permiso para sentarse, y casi de inmediato apareció Álex.

                ––Quelle combination! ––pensé yo.

                Era obvio que ambos se nos sumaron por las muchachas. Mi prima, una muchacha segura de sí misma y muy ecuánime, quedó entre los dos gagos; y por supuesto el primero en abrir fuego fue Álex con su na...aaaturalidad. Y al cabo de dos minutos, al verlo arrimársele a un palmo de distancia y soltar aquellos gritos, me miró angustiada. Era la mirada de un náufrago que imploraba socorro. Y no era para menos.

                Mi hermana tuvo más suerte, porque el Tucho estaba ese día muy controlado y al conversar con ella no soltó ninguna efe.

                Pero aquella noche salí de dudas sobre el caso de Álex y sus conquistas. De seguro era cierto que emprendía sus estruendosos abordajes, como acababa de demostrarlo. Y si todos los días enfilaba sus cañones contra muchas mujeres, era posible que dentro de los grandes números, ligara un uno o dos por ciento. Algunas cederían bajo el efecto de un terror hipnótico, o por puro masoquismo, o por una malsana curiosidad.

                Mi prima, al tenerlo tan arrebatado y cercano, se había orinado del susto. Su mirada angustiosa reflejaba la urgencia por huir de aquel loco eléctrico y gritón; pero sufría al mismo tiempo la enorme verguenza anticipada de saber que sus orines de un momento a otro gotearían sobre el piso. Pero la salvó entonces la extrema sagacidad del Tucho que observaba la escena. Por estar a su butaca muy pegada, el fue el único en ver los orines comenzando a gotear sobre el piso, y al relacionarlos con la cara de espanto de mi prima, captó al vuelo lo que ocurría y tras fingir un descuido, le empujó un vaso de agua sobre la falda. De inmediato la ayudó a levantarse, y mientras le pedía disculpas retiró la silla meada que todos creímos mojada, y ella, salida de su estupor y angustia, se valió del pretexto para ir al baño a secarse y luego justificar su partida con mi hermana, sin siquiera despedirse.  

                Y díganme ustedes ahora si aquel acto, para divulgar la obra  del mi distinguido pensador compatriota, no se podría haber adornado con este ejemplo de su sagacidad y humanismo. Por supuesto que la larga vista del Tucho podía ayudar al Brasil contra la voracidad por agua, gas y biodiversidad de los gringos; y a Sudamérica también, en cualquier terreno.

                Sólo un observador muy penetrante podía captar en segundos el drama que generaba la combinación de Álex, unos orines y el horror en unos ojos femeninos. Y el inmediato vuelco de aquel vaso, demostró no sólo su humanidad visionaria, sino también su osada rapidez para concebir y ejecutar ideas salvadoras. Lula y Chávez debieron sacar mucho provecho de sus escritos para planear la integración del continente.

 

 

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ALBERTO METHOL FERRÉ

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