TESTIMONIOS

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ALBERTO METHOL FERRÉ, PENSADOR IMPRESCINDIBLE

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En el pensamiento de este intelectual uruguayo, confluye la filosofía existencialista, la literatura de Chesterton y el revisionismo histórico rioplatense. Methol Ferré fue sin duda un ensayista original, apasionado por los temas de geopolítica latinoamericana. También un hombre de acción: como creyente asesoró a la jerarquía católica en el CELAM; en política se inscribió en el Partido Blanco, promovió coaliciones de izquierda democrática y popular, y quiso poner en práctica sus ideas integracionistas en el proyecto del MERCOSUR.

 

Un argentino oriental

Mi primer contacto con Alberto Methol Ferré (es decir, no con su persona sino con su obra, que es a lo que podemos aspirar los habitantes de las periferias) sucedió al final de mis estudios de licenciatura. En la bibliografía de Historia Argentina Contemporánea podía encontrarse un libro de título atractivo: La crisis del Uruguay y el Imperialismo Británico.

En una cátedra de rígida observancia revisionista tradicional, resultaba curioso comprobar que se trataba de un autor uruguayo y de la Izquierda Nacional, para más señas (el tiempo me revelaría que a esas características había que agregar otras, más íntimas y definitorias de su identidad). Methol aparecía como una presencia inquietante.

Con las prisas por acabar la carrera, poco pude reparar en la verdadera profundidad del libro. Es sabido que los intereses del alumno de grado poco tienen que ver con los del investigador. Afortunadamente, no sería la última ocasión en la que me encontrara con el intelectual uruguayo.

Alberto Methol Ferré nació en Montevideo el 31 de marzo de 1929, en el seno de una familia de clase media, de filiación blanca independentista.[i] Desde muy temprano entró en contacto con la cultura francesa y universal. Ya en su adolescencia accedería a la literatura francesa y se interesaría por el existencialismo. Fue lector de Esprit, la revista de Emmanuel Mounier, el pensador personalista.

En 1944 despierta su simpatía por el caudillo blanco Luis Alberto Herrera, que lo atrae a la acción política por su agudeza y su profundidad de análisis de la realidad uruguaya. Participa en la agitación contra la instalación de una base militar norteamericana en territorio uruguayo y en las manifestaciones de solidaridad con la Argentina.

Cursó estudios universitarios de Derecho y Filosofía en la Universidad de la República. Allí inició su militancia en organizaciones estudiantiles, identificándose con la Tercera Posición y con una franca simpatía por el peronismo. Paralelo a este proceso espiritual manifestó un vivo interés por el existencialismo, sobre el que versaría su primer escrito del que se tiene noticia.

Hacia los veinte años de edad el joven Methol experimenta un formidable sacudón intelectual con la lectura del polemista británico Gilbert Keith Chesterton, quien le revela que “se es cristiano por gratitud”, lo que lo decide a convertirse al catolicismo. Lee otros pensadores cristianos: Miguel de Unamuno, Jacques Maritain, Etienne Gilson. Este será, sin lugar a dudas, el hito y el parteaguas fundamental en su trayectoria intelectual y política.

A principios de la década de 1950 quedaría impresionado por un discurso de Perón, en el que desplegaba su concepción geopolítica e integracionista. Comprendió entonces que los problemas políticos del Uruguay no tenían solución si no se asumía una perspectiva continental, latinoamericanista, de integración con los países de la región. Producto de esta perspectiva ampliada y enriquecida fue la fundación, junto con Washington Reyes Abadie y Roberto Ares Pons, de la revista Nexo, cuyo sugestivo título se derivaba del proyecto político integrador de estos intelectuales uruguayos.

Por estos años, Methol ingresa como funcionario de la Administración Nacional de Puertos y también se vincula a un movimiento naciente, el Ruralismo de Benito Nardone, que aparece como una fuerza política emergente.

A mediados de la década de 1950 dos personalidades del escenario político-intelectual argentino influyeron decisivamente en este talento juvenil en formación. Jorge Abelardo Ramos y Arturo Jauretche, maestros y amigos, completaron y desarrollaron las intuiciones de Methol. Se trabó una relación personal de afecto y admiración mutua.

Sus aportes son decisivos. Dentro del horizonte del revisionismo histórico y el nacionalismo popular, en los cuales se inserta rápidamente con entusiasmo y por convicción, Methol aprende de Ramos la perspectiva continental y la lleva a un grado de desarrollo superior al que le daría el autor de América Latina, un país. De Jauretche adopta las perspectivas de análisis amplias, que resisten a los determinismos económicos y se sitúan en una visión intelectual emancipada, libre de ideologismos reduccionistas.

 

El encuentro con el nacionalismo democrático y popular

Fruto de la feliz coincidencia con un movimiento intelectual de crecimiento sustancial en la Argentina de finales de los cincuenta es un pequeño volumen publicado por Coyoacán -editorial de vocación latinoamericanista y perfil de izquierdas, que formaba parte de las empresas intelectuales de Ramos- y que llevaría por título La Izquierda Nacional en la Argentina.

Se trata de una colección de textos llamativa por la pluralidad ideológica y la contraposición de perspectivas, relativa a un fenómeno ideológico, filosófico e historiográfico novedoso en la Argentina, no tanto por la fecha de origen o formación (que se remonta a la década de 1940) sino más bien por la fuerza y la difusión que estaba adquiriendo en esos azarosos momentos de la historia política del país.

Methol se ocupa de la Izquierda Nacional en momentos en los que ésta inicia su época de oro: sus integrantes son numerosos, están en la plenitud de su producción intelectual y mantienen una intensa y rica discusión entre sí y con otros sectores de la vida política e intelectual.

La selección está precedida por un breve pero revelador ensayo de Methol, que ya había sido publicado en Nexo de abril de 1955. El texto se divide en tres partes: una reflexión sobre la naturaleza íntima y las contribuciones del marxismo, su aplicación a la realidad latinoamericana y los aportes en este sentido de Jorge Abelardo Ramos.

Methol define al marxismo como un humanismo comunitario, “que hace de la libertad el fin de la historia”. Esta libertad, que se ve limitada o suprimida en la época actual por el fenómeno omnipresente de la alienación (subordinación del ser al haber), sólo se entiende en la medida en que se dé en el marco de una comunidad. También advierte las graves limitaciones de la filosofía marxista, no sólo en sus aspectos teóricos sino también en cuanto doctrina revolucionaria.

Nuestro autor se encara con la obra y las ideas de Ramos desde una actitud simpatizante pero crítica. Destaca en el intelectual argentino su compromiso profundo con la restauración “de una tradición trunca: la tradición del nacionalismo democrático revolucionario”, que es la continuación del federalismo argentino, una reacción de las antiguas industrias regionales y domésticas contra la devastación provocada por el capitalismo imperialista.

Pero Methol explica que el historiador argentino se equivoca tanto al afirmar que la nueva burguesía latinoamericana es incapaz de operar la unificación continental, como al esperar que la unión del proletariado y el campesinado pueda ser la conductora de la revolución nacionalista democrática. Methol piensa que no existe unidad de acción ni en una ni en otra clase social.

Asimismo, observa en Ramos una incapacidad -más allá de las declaraciones de intención y los análisis propuestos- de trascender la perspectiva argentina, olvidándose casi completamente de la otra gran nación sudamericana, el Brasil. Para cerrar, cuestiona agudamente su adhesión incondicional al marxismo.

La selección de textos que acompañan su ensayo revela un interesante proyecto de diálogo. Además de algún notorio exponente de la Izquierda Nacional -Juan José Hernández Arregui- los autores incluidos responden a un amplio espectro ideológico, pero todos se sitúan en un campo que podríamos denominar pensamiento nacional.

Se encuentra desde la franca simpatía hasta la hostilidad más enconada hacia la Izquierda Nacional: desde el ya citado Hernández Arregui (quien se atribuyera la creación del término que la define) hasta el nacionalista hispánico aristocratizante Sánchez Sorondo, pasando por Jauretche, el nacionalismo tradicional de Mario Amadeo y el conservadorismo católico de Emilio Mignone.

No hay presencia de pensadores liberales: ni de izquierda, ni de derecha. Es probable que el fenómeno de la Izquierda Nacional les fuese indiferente. Pero Methol parece estar definiendo un universo de temas e interlocutores, parece querer mostrar la necesidad y a la vez los notorios obstáculos de un diálogo políticamente e históricamente imprescindible pero ideológica y coyunturalmente imposible, que algún día será necesario estudiar: el del nacionalismo católico y el revisionismo tradicional con el nacionalismo popular democrático y el nuevo revisionismo. Las alas izquierda y derecha del pensamiento nacional.

Al aludir a los débitos que la perspectiva de Ramos ha contraído con el revisionismo nacionalista y las contribuciones hechas a este último desde el marxismo, señala la posibilidad de una fecunda convergencia de una izquierda y una derecha auténticamente nacionales, que terminen de una vez por todas con la historia liberal, la “de los vencedores de Caseros”, e inspiren un nuevo impulso nacional y revolucionario.

 

De la crisis del paisito

Contemporáneo a este proyecto editorial es un pequeño libro publicado también en la Argentina por la mítica editorial La Siringa: La crisis del Uruguay y el Imperio Británico.[ii]Methol se enfrenta aquí al sombrío problema de la orfandad en la que deja al Uruguay la declinación de la supremacía imperial británica.

Con precisión descarnada y desprovista de emolientes, advierte que la crisis que se cierne sobre el país afecta las raíces mismas de la identidad uruguaya. Percibe una sustancial pérdida de sentido y de las certezas del Uruguay feliz de principios de siglo XX. Advierte que el conservadurismo (“tradicionalismo”) de la clase dirigente uruguaya, tan perfectamente funcional a la inserción del país en el sistema imperial británico, ya no es una estrategia eficaz ni una actitud política válida.

Methol realiza una comprobación inquietante. Para el Uruguay, la dominación británica imperialista no implicó violencia, opresión y atraso, sino todo lo contrario: el imperialismo fue sinónimo de progreso. Incluso permitió el crecimiento del Estado y la implementación de políticas sociales.

Esta particular circunstancia tuvo efectos profundos en la psicología uruguaya: “creó en las masas urbanas más una mentalidad de consumidores que de productores”, además de generalizar una fuerte cultura burocrática, que funcionaría como factor de compensación y estabilización social.

La retirada del imperio británico y la inclusión en el área dólar y de la influencia norteamericana afecta directamente la posición del Uruguay. El país pierde su posición de proveedor de materia prima: respecto de los EEUU, explica Methol, “estamos pues dentro de una órbita imperial en función de necesidades geopolíticas, pero no económicas”. Lo que produce el Uruguay es irrelevante para el nuevo imperio.

Esta constatación del deterioro de la situación uruguaya lo lleva a preguntarse por la capacidad de conducción y de liderazgo de la clase dirigente. Encuentra un perfil absolutamente insuficiente en lo que llama el Patriciado, compuesto por terratenientes urbanos.

Methol observa que esta clase posee los caracteres más negativos del mundo rural (inmovilista y reaccionario) y de la burguesía urbana (burocrática y consumista), y pone de manifiesto el nefasto proceso de transferencia de la riqueza material y el capital humano del campo a la ciudad, produciendo desinversión y despoblamiento del área rural.

Por eso le resulta una esperanzadora novedad el nacimiento el Ruralismo y la Liga Federal, liderados por Benito Nardone, a mediados de la década de 1940, cuyo principal instrumento de agitación y organización es la radio y su potencial comunicativo.

Se trata de un movimiento social compuesto principalmente por clases medias rurales (estancieros medios, maestros y médicos rurales, productores pequeños, capataces y peones, medianeros, arrendatarios: todos aquellos que no son terratenientes) que articula descontento y capacidad de movilización, convirtiéndolo en un actor político de importancia creciente, en pugna con el sistema bipartidario de configuración policlasista.

Es un fenómeno enteramente novedoso: “el alma de la agremiación son el vecindario y la familia, las dos sociabilidades primarias de nuestra campaña”.[iii] Pero también busca representar y encarnar una tradición originaria que encuentra en la reinterpretación del artiguismo, más histórica y más completa, más política y menos épica, que precede históricamente a la fractura de blancos y colorados.

Methol sigue las alternativas de la vida política del país a través de las crisis de la década del 50, cuando se derrumba el precio de las exportaciones uruguayas y crece paralelamente el malestar social. Sitúa a la Liga Federal en el conflicto interno de los partidos tradicionales. Muestra su dinamismo al impulsar una reforma constitucional a través de los Cabildos Abiertos: mecanismos de consulta y deliberación popular, en los que se discuten las propuestas de forma directa.

De esta reforma surge la supresión de la ley de lemas, que obligaba a todo candidato a conseguir el apoyo de los partidos tradicionales, y la creación del Banco Central, una institución que aparece como vital, una vez que las finanzas del país quedan desprotegidas de las directivas de la metrópoli.

El revulsivo que implicó la aparición de este nuevo actor político se evidenció en la coalición que el Partido Nacional formó con la Liga Federal, a partir del entendimiento entre Herrera y Nardone, en 1958, y cuya victoria puso fin a casi un siglo de gobierno ininterrumpido del Partido Colorado (la experiencia sería más bien amarga y quedaría lejos de cumplir las expectativas de Methol).

El libro concluye con un lúcido análisis de la encrucijada uruguaya. El país se enfrenta a un escenario económico en el que ha perdido inserción y relevancia. Posee obstáculos considerables para plantearse un proceso de industrialización: no dispone de un mercado interno importante y tampoco puede aspirar a la suficiente acumulación de capital.

Sólo puede plantearse como objetivo la tecnificación del agro y el desarrollo de una industria liviana competitiva, complementarios a una integración económica creciente con sus grandes vecinos, que sí pueden emprender una política de industrialización sustantiva. Para eso se requiere la reforma del sistema financiero -actualmente al servicio de la especulación y la concesión de estériles créditos inmobiliarios- con el objeto de impulsar las inversiones productivas en el sector agropecuario.

Todo esto es posible si se produce un profundo cambio en el perfil humano del uruguayo: es necesario sustituir la mentalidad urbana-portuaria, consumista y burocrática, por una auténtica conciencia social, económica y política de clase media, productiva y orientada hacia el campo y la actividad agropecuaria.

En opinión de Methol parece haber llegado para el Uruguay la hora de hacer la historia, dejando atrás su condición de mero testigo, de país que vive “la vida como espectáculo”.
    

 

…a la empresa geopolítica continental

Los últimos años de la década del 50 son tiempos preñados de transformaciones, crisis, incertidumbre y sombríos presagios en el Uruguay. Methol realiza contribuciones periodísticas en El Debate, periódico de Herrera, y ocupa el cargo de secretario en el Consejo Nacional de Gobierno, una modalidad de poder ejecutivo colegiado que estuvo vigente por esos años. Continúa en un cargo similar después del triunfo del Partido Nacional. También empieza a publicar en la revista Marcha, fundada y dirigida por Carlos Quijano, órgano de discusión y debate de la izquierda uruguaya y latinoamericana durante varias décadas.

Como funcionario interviene en las sesiones preparatorias de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC). En 1961 se ahondan las diferencias con el gobierno y las expresa en un célebre artículo de Marcha. A partir de entonces, vinculado al nacional Enrique Erro, trabaja en la formación de una coalición de partidos de izquierda y desprendimientos de los partidos principales. Junto con Vivian Trías, conocido intelectual marxista, sienta las bases de la Unión Popular, un proyecto político que daría frutos sólo a largo plazo.

A mediados de 1967, Methol publica un libro titulado El Uruguay como problema, con la clara intención de dar vuelta (y en directa apelación a la tradición político-intelectual de Luis Alberto de Herrera) la enunciación canónica de la cuestión: el problema del Uruguay. El libro merece una carta de Perón al autor, señalando sus coincidencias con las tesis planteadas.

Con un epílogo sobre la actualidad uruguaya que afronta la posibilidad de una guerra civil, el texto se publica en la Argentina unos años después, en 1971, llevando el sugerente título de Geopolítica de la Cuenca del Plata. El autor dedica su libro, en primer lugar, a Arturo Jauretche, “maestro y amigo, con quien hace más diez años nos propusimos escribir un libro de geopolítica rioplatense”.[iv]

Methol plantea una seria paradoja: si sólo es propio de los grandes estados plantearse cuestiones de geopolítica ¿qué sentido tendría hacerlo en y desde Uruguay? No obstante, precisamente desde su situación estratégica, su posición entre dos grandes estados, la perspectiva uruguaya no puede no ser geopolítica.

De ahí la desorientación elemental de su dirigencia: “lógica es la rareza de un sentido geopolítico uruguayo, y esto no delata más que nuestra casi ausencia de la política internacional.”[v] Esta ausencia uruguaya del escenario de las naciones tiene su origen en que “la Pax Britannica nos dispensó de política internacional, protegidos internacionalmente por la lógica de su orden”. Si en el libro anterior señalaba la necesidad de que el Uruguay definiera una política económica propia, en este demanda una diplomacia nacional.

Geopolítica de la Cuenca del Plataes la continuación natural del análisis iniciado en La crisis del Uruguay. Después del espejismo de la consolidación nacional e independiente del Uruguay durante el dominio británico, el país vuelve a enfrentarse con el problema de su viabilidad como entidad soberana. Y lo hace frente a un desafío de naturaleza continental, de integración y expansión de los vecinos regionales y bajo la atenta mirada del nuevo imperio mundial.

Methol no se engaña respecto de los orígenes históricos del Uruguay como estado “nacional”. Precisamente porque considera su existencia un problema en sí mismo, mal podría hacerlo. Pero asume que el decurso histórico lo ha constituido en una entidad política peculiar y diversa, razón por la cual no considera posible ni deseable la reanexión al Brasil o a la Argentina.

Su análisis de la viabilidad económica del proyecto nacional uruguayo arranca en el problema de la renta diferencial agraria. Por sus amplios márgenes de beneficios, las características naturales de los países de la Cuenca del Plata les permitieron, en épocas del sistema imperial británico, insertarse en una estructura de explotación económica, y a la vez, construir un Estado de características modernas, llegando a implementar políticas distributivas. La desarticulación del sistema deja a estos países en el desamparo y la precariedad.

Methol observa que la balcanización del continente latinoamericano (dividido en lo que llama “repúblicas anacrónicas”, inviables por sí mismas, urgidas por integrarse en una visión geopolítica de estado continental) es la continuación de la trágica división de la península ibérica entre España y Portugal que frustró una complementariedad imprescindible entre los dos países, permitió la intervención de la política británica frustrando la unificación y prolongó sus líneas de fractura y hostilidad hacia el continente americano.

El epílogo de la edición argentina del libro es un penetrante ensayo sobre la actualidad política uruguaya. Methol observa con preocupación que las élites dirigentes del Uruguay, situadas tanto en el poder político como en el económico, son incapaces de afrontar el triple desafío que les plantea la retracción del sistema británico y las poderosas corrientes políticas del momento:

 

1.      Un desafío político, dado por la necesidad de trasponer las estrechas fronteras orientales y emprender una política de articulación e integración con los países de la región.

2.      Un desafío económico, planteado por la necesidad de adaptar una economía obsoleta, tecnificar y modernizar el agro y encarar una política industrial complementaria.

3.      Y un desafío social, dado por la necesidad de reintegrar sectores de la población, atraídas desde al campo a la ciudad por las posibilidades de un empleo público en un Estado otrora expansivo, y que ven el horizonte de la emigración como única salida.

 

Methol advierte que ninguno de los partidos tradicionales uruguayos tiene capacidad para responder a la crisis. Cabe preguntarse, como hipótesis histórica, en qué medida el golpe militar de 1973 suspendió un proceso de degradación de los grandes partidos Blanco y Colorado, dándoles oxígeno por casi tres décadas más y retrasando su caída hasta principios del siglo XXI.

Esta incapacidad se evidencia ya a principios de los 50, con la emergencia de nuevos movimientos sociales y políticos, y aparece en su forma más irritada y extrema con Tupamaros. Explica que las ilusiones del foquismo en el Uruguay no sólo son poco razonables sino que además pueden ser terriblemente dañinas. El horizonte de una guerra civil debilita la posición internacional uruguaya y la expone a una intervención militar por parte de sus vecinos (Argentina y Brasil), en la medida en que lo juzguen necesario para mantener la estabilidad política interna y busquen evitar que se convierta en un foco de insurrección o en un santuario de guerrillas.

La evolución política regional a principios de la década del 70 no le parece particularmente auspiciosa. Con gobiernos militares tanto en la Argentina como en Brasil, la integración no sólo parece entrar en un impasse, sino más bien en una franca regresión.

El notorio esfuerzo industrial-militar del Brasil, que juega al aliado regional de los EEUU, va dejando atrás definitivamente a la Argentina, que ya no puede competir de igual a igual. Los recelos y sospechas que se despiertan entre los gobiernos militares retrasan todo el proceso.

Methol observa una posible vía de expansión e integración económica y política argentina a través del eje andino. En años sucesivos irá articulando esta idea, al punto de afirmar que la Argentina debe liderar el bloque hispanoamericano para poder balancear y plantear de forma equilibrada la unión continental con el Brasil.

 

Un estrecho compromiso con la Iglesia

El activismo de Methol no se limitaría a lo político y lo intelectual. En 1967 funda con otros intelectuales una revista católica de proyección latinoamericana llamada Víspera, en la que se reúne un puñado de pensadores y escritores de primer nivel, que reflexionan al calor del Concilio Vaticano II y la compleja e inestable situación de la Iglesia y el continente durante esos años. Aparecen en sus páginas las primeras tesis de lo que posteriormente se denominará la Teología de la Liberación. La revista sería clausurada por el golpe de 1973.

En 1972 es nombrado asesor del Departamento de Laicos del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). Monseñor Antonio Quarracino, nuevo director de la sección, lo promueve al Secretariado del Departamento, y posteriormente, en 1975, como miembro del Consejo Teológico Pastoral. Methol acompañaría en puestos de confianza a Quarracino, quien es designado secretario general del organismo desde 1979 hasta 1982.

Es muy destacada su participación en la Conferencia Episcopal de Puebla, en 1979, al preparar la introducción al documento final de la reunión. Su perspectiva eclesial y teológica resulta de una crítica y síntesis de los movimientos y tendencias contemporáneas del catolicismo. Asume una clara identidad laical, no clerical, y además contribuye a desarrollar una teología con base en la religiosidad popular, en respuesta a las corrientes marxistas identificadas con la Teología de la Liberación.

Son tiempos de gran intensidad y compromisos políticos peligrosos. En 1971 forma parte de los asesores del General Líber Seregni, líder del flamante Frente Amplio. En 1973, al adherir a una huelga general contra el golpe de Estado, es suspendido de su cargo de Gerente del Puerto de Montevideo. Posteriormente presenta la renuncia. Pierde amigos y parientes a causa de la violencia política desatada en toda la región.

Los años de la dictadura son no obstante muy fecundos para Methol en materia de su compromiso cristiano y su vocación intelectual. Entre 1980 y 1985 es delegado por América Latina del pontificio Concilium Pro Laicis. Por estos años entra en contacto con el célebre filósofo italiano Augusto del Noce, con quien tiene vastas y profundas coincidencias. En 1983 refunda Nexo, ahora transformada en publicación católica de proyección latinoamericana: colaboran en la revista intelectuales católicos de diversas tendencias y corrientes.

El retorno de la democracia lo encuentra invariablemente activo en materia política. Intercede en las negociaciones entre el blanco Wilson Ferreira Aldunate y el democristiano Juan Pablo Terra. Inesperadamente, Ferreira muere y se cancela un prometedor proyecto político. En 1989 apoya una fórmula que es desprendimiento del Frente Amplio. En 1994 adhiere a la candidatura presidencial de Alberto Volonté, del Partido Nacional y colabora con la formulación de su programa de gobierno.

Desde su jubilación en 1989 como Subgerente General del Puerto (jerarquía que alcanzó una vez repuesto en su cargo por el gobierno democrático, en 1985) Methol intensifica y despliega su labor docente y de investigación. Se multiplican los viajes y las invitaciones internacionales: dicta conferencias en todo el continente americano y también en los países europeos.

En su país imparte clases en variadas instituciones: el Instituto Artigas de la Cancillería de Uruguay, la Universidad Católica Dámaso Antonio Larrañaga, el Centro Latinoamericano de Economía Humana (CLAEH) y la Universidad de Montevideo, donde ejerce la docencia hasta su muerte.

 

La esperanza del Mercosur

Hacia el final de siglo Methol avanza decididamente sobre el proyecto teórico de integración continental de América del Sur. Su inspiración fundamental es el proceso político iniciado a mediados de la década de los 90 por Argentina, Brasil y Uruguay: el Mercado Común del Sur o Mercosur.

En 1999 escribe un estudio para la Cancillería del Uruguay, en el que concreta prácticamente los nebulosos ideales americanistas de los cincuenta y las urgencias y contradicciones de los sesenta.[vi] Se ocupa de fundamentar teóricamente el proceso de integración continental, apelando a la teoría geopolítica, a las tendencias que pueden observarse en el desarrollo de las grandes potencias durante los últimos siglos y también a la tradición del pensamiento latinoamericano.

            En esta obra la pasión militante de Methol no pierde un ápice de impulso, pero aparece formalizada en un planteamiento científico que combina historia, teoría política y concreción práctica. Methol se introduce en la cuestión con una interesante antología de textos de Felipe Herrera, primer presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Herrera, de nacionalidad chilena, es uno de los primeros pensadores que en la década de 1960 se plantean la viabilidad y las condiciones objetivas para la integración continental, trascendiendo así las buenas intenciones y los idealismos del primer pensamiento americanista.

La formación y las características del Estado-Nación son elementos de juicio fundamentales para comprender la configuración política latinoamericana y la evolución del orden mundial. Encuentra entre sus orígenes el tránsito de sociedades agrarias a industriales, en las que se vuelven imprescindibles los procesos de centralización política y económica y de homogeneización cultural y social.

Methol enumera los rasgos típicos del Estado-Nación propiamente dicho: burocracia administradora, economía industrial, hegemonización cultural (alfabetización) formación de un mercado y sistema político tendencialmente democrático. Extrae dos conclusiones: en primer lugar, el Estado Nación posee una lógica estructural y una dinámica que tiende a la integración y a la formación progresiva de unidades políticas mayores, los Estados Continente, que constituyen el paso previo a la unificación definitiva del planeta en un Estado Mundial o Global, que según sus previsiones, se consolidará dentro de un par de siglos.

Por otro lado advierte que el Estado-Nación es una combinación de elementos que se da en unos poquísimos países (Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia y Japón), y que este tipo clásico coexiste con Estados Continentales (EEUU, Rusia) y formas estatales menos desarrolladas, o intermedias. Es el caso de los estados en América Latina, en los que se verifica la falta de alguno de los requisitos enumerados.

Methol observa que el caso de América Latina no solamente es el de una nación dividida (deshecha, en palabras de Felipe Herrera), sino que además esa fragmentación no responde a la formación del Estados-Nación, sino a la hegemonía económica y política de un núcleo urbano sobre el territorio circundante, lo que posibilita un tipo de Estado que podría denominarse Polis Oligárquica o Estado-Ciudad, de base económica agrícola, que replican sólo formalmente la configuración jurídico-política del Estado-Nación.

El asunto de la supervivencia del Estado-Naciónes un elemento decisivo de juicio respecto de la formación de nuevas unidades políticas. Methol plantea la discusión enfrentando a dos autores provenientes de lo que podría calificarse como el área más dinámica de las ciencias sociales, la empresa: la visión derogacionista de Kenichi Ohmae con la supervivencialista de Peter Drucker. Toma partido por esta última, sin dejar de señalar las profundas transformaciones que sufrirá y las tendencias integracionistas en pos de grandes mercados internos y unidades productivas.

El horizonte contemporáneo de la integración política es el de los Estados Continentales. Methol encuentra el caso más caracterizado en los Estados Unidos. Pero para estudiarlo emplea una perspectiva de análisis muy particular: la de los estudiosos alemanes de la economía y la geopolítica del s. XIX: Friedrich List y Friedrich Ratzel. Si List señala la necesidad de la integración de grandes espacios comerciales y economías nacionales, Ratzel lo observa desde la experiencia de la industrialización avanzada.

El planteamiento se revela decididamente geopolítico cuando se ocupa del proceso de globalización, que Methol hace arrancar en una primera fase colombina, de dominación europea del mundo conocido, seguida por la formación de imperios a escala mundial y que se continúa con la formación de grandes Estados Continentales.

Observa que en adelante, “toda política es geopolítica” y señala la importancia vital de concebir el desarrollo económico y político latinoamericano desde esta clave. La geopolítica ya no es patrimonio de las naciones dominantes sino también de aquellas que no lo son, y se vuelve absolutamente imprescindible para entidades políticas emergentes como el continente latinoamericano. Es la manera de avanzar más allá de la retórica y las declaraciones integracionistas.

Ese proyecto se concreta y motoriza en el llamado Mercosur. Methol se ocupa de la evolución de este proyecto de integración. Inicia con la frustrada unidad política de España y Portugal y los proyectos de unidad política continental que aparecen en la época de la independencia. Estudia los conceptos que permiten concebir al continente como una unidad cultural (Hispanoamérica, Iberoamérica, Latinoamérica), discute sobre las ideas de reunión en base al llamado “iberismo” bicontinental.

Especial atención le merecen los primeros intentos por escribir una historia latinoamericana (el chileno Barros Arana, los argentinos Navarro Lamarca y Ugarte, el peruano García Calderón), como expresión clara del intento de reconstrucción de una identidad común.

Encuentra un hito fundamental de este proceso en el tratado de arbitraje impulsado por Roque Sáenz Peña y el Barón de Rio Branco conocido como ABC, que tuvo como integrantes a Argentina, Brasil y Chile, a principios del s. XX. También empiezan a discutirse por esta época proyectos de unión aduanera como el del argentino Alejandro Bunge y los chilenos Eleodoro Yánez y Guillermo Subercaseaux.

Para Methol los antecedentes más directos del Mercosur se encuentran en las iniciativas políticas y los planteamientos teóricos a partir de la década de 1940. Un oficial argentino, participante de la Revolución del 30, perteneciente al círculo del General Justo, desarrollará una concepción geopolítica de integración entre Argentina Chile y Brasil, que influiría decisivamente sobre otro oficial más joven, ambicioso y con fuerte vocación política. El Coronel José María Sarobe se convertiría el maestro del Coronel Juan Domingo Perón.

Las ideas geopolíticas de Sarobe son desplegadas por Perón y se encuentran en varios lugares pero aparecen sintetizadas en el artículo titulado Confederaciones Continentales, que publicó en 1951 con el seudónimo de Descartes.

Se contienen allí tres conceptos fundamentales: 1) el proceso histórico que va del nacionalismo al mundialismo y la etapa que se está abriendo, el continentalismo; 2) la necesidad de un núcleo básico de aglutinación; 3) la necesidad de definir una tercera posición, independiente del conflicto bipolar entre los EEUU y la URSS.[vii]

Methol encuentra también antecedentes brasileños de esta misma cuestión, ya en la dé cada del 30, en la obra de Mario Travassos, que fue muy difundida en la Argentina. El autor uruguayo afirma que fue precisamente la intensidad del conflicto entre las dos superpotencias la que frustró el proyecto integrador que se veía cada vez más claro en la Argentina y el Brasil.

Los EEUU no dejaron prosperar una iniciativa tercerista que hubiera complicado su frente interno, en plena fase crítica de su enfrentamiento con la URSS. Para eso implementó, entre otras políticas, la llamada Alianza para el Progreso. Recién después del derrumbe de la URSS ha sido posible avanzar resueltamente en el proyecto de unificación continental.

Durante los años 60 se dieron pasos importantes, pero insuficientes. También se verificaron retrasos. La fundación de la Conferencia Económica para América Latina (CEPAL) y la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) respondió a la conclusión acertada de que la integración debía iniciarse desde la economía.

Pero el foquismo guerrillero, respondiendo a un “latinoamericanismo revolucionario, amorfo e invertebrado” provocó una fuerte reacción que llevó a los militares al poder, inspirados en las doctrinas de la seguridad nacional, frenando o atrasando las iniciativas de integración. Por fin, la década de los 90 sería la oportunidad para poner en marcha el proyecto.

Citando a Henry Kissinger, Methol señala que los EEUU advierten que no pueden dominar el mundo, pero tampoco retirarse: y para ello impulsan una política hemisférica que define un área exclusiva de influencia -el Tratado de Libre Comercio (TLC o NAFTA)- que incluye como bloque a México y busca extender el régimen a determinadas naciones del continente.

En este sentido, han sido repetidos los intentos norteamericanos por romper el bloque ofreciendo un TLC a Uruguay.[viii] Son además conocidas las vacilaciones de Chile al respecto, que podrían condicionar gravemente su futuro económico y político. Pero la limitación del dominio norteamericano permite que prosperen iniciativas de integración en el resto del continente, como el Mercosur.

Methol encuentra en la vinculación de Argentina y Brasil el núcleo básico de aglutinación que reclamaba Perón. También señala que la política de integración puede dar por resultado algo similar a lo que sucedió durante la Independencia: si entonces América Latina se libró del dominio europeo, ahora puede hacer lo propio con el dominio norteamericano. Por eso le parece una empresa política de mayor envergadura, porque puede resultar en la verdadera y definitiva emancipación.

 

Concepción política, labor historiográfica

Se advierte en este libro la fase conclusiva de desarrollo de la concepción política de Methol. En ella se practica una doble apertura de los límites decimonónicos del Estado. Podemos imaginar al Estado moderno como un “barril” o recipiente cilíndrico sellado, dotado de fondo y tapa, en el que se contiene toda la acción política.
 

Methol opera teóricamente en dos sentidos: por un lado lo “destapa”, abriendo la acción política a marcos espaciales supraestatales, regionales y continentales. Este es la tesis de Methol que más ha trascendido, la que ha sido objeto mayor de atención de estudiosos y dirigentes de todo el continente.

Pero esa operación de “apertura superior” a menudo oculta otra, anterior en el tiempo y menos visible. Es en La crisis del Uruguay y el Imperio Británico donde Methol se plantea la necesidad de “bajar” la política a los estratos más elementales de la sociedad uruguaya. El relato de la experiencia de la Liga Federal, un movimiento social de amplio respaldo popular y transversal a los dos partidos dominantes del país, es muy elocuente en este sentido.[ix]

Desde esta perspectiva, el Estado “nacional” (si es que puede hablarse de algo así en el caso del Uruguay) no es negado ni suprimido, pero es presentado como una “condensación” política fundamental pero intermedia, entre condensaciones más reducidas (que responderían a un populismo en el sentido anglosajón del término: una política cercana a la ciudadanía, de escala humana y fuerte acento en el autogobierno) y otras más amplias, de escala regional o continental y proyección geopolítica.

Se ha discutido sobre la condición de historiador de Methol. Indudablemente lo fue, pero a su modo. Si Braudel pudo hablar con indudable acierto de la historia de la longue durée, no sería erróneo calificar a Methol como un historiador de los grandes espacios, lo cual implica, necesariamente, los tiempos extensos. Practica una historiografía de síntesis y entiende la historia como una disciplina del conocimiento íntima y necesariamente vinculada a la política, del mismo modo que los medievales consideraban a la filosofía como ancilla theologiae (esclava de la teología).

Su género es el ensayo histórico de interpretación, descubriendo regularidades y fracturas, extendiendo líneas de evolución desde tiempos remotos hasta la actualidad, establece paralelos y bifurcaciones que iluminan la contemporaneidad, le dan sentido y significación.

Su perfil de historiador es definido indirectamente por Juan José Hernández Arregui, quien refiriéndose al método historiográfico de Jorge Abelardo Ramos, explica que usa textos ya publicados, pero construye su narración a partir de una reveladora originalidad interpretativa. La cita puede encontrarse en la selección que el propio Methol hiciera para La Izquierda Nacional en la Argentina.[x]

 

La Iglesia y América Latina: el desafío de la globalización

El nuevo siglo coincidió con el tiempo de los reconocimientos. Mucho más leído y seguido en otros países de la región que en el suyo, no resultó extraño que recibiera las primeras distinciones fuera de él. En 2005, se le concedió el premio Arturo Jauretche del Instituto Superior homónimo en Buenos Aires. En 2007 el gobierno de la República Argentina le otorgó la Orden de Mayo al Mérito en grado de Comendador. Las Fuerzas Armadas de Venezuela lo condecoraron en mayo de 2008 y la embajada de Ecuador en Montevideo le rindió homenaje en marzo de 2009.

Reencontré a Methol muchos años después. Estaba en Uruguay dictando un curso cuando una profesora de la Universidad de Montevideo me comentó, casi al pasar, que Methol formaba parte de su claustro. Sorprendido, le manifesté mi voluntad de conocerlo personalmente, aunque entendía que no fuese posible por una cuestión de tiempo.

Antes de partir me obsequió uno de sus últimos libros, una entrevista realizada por el periodista Alver Metalli en la que se efectúa un repaso de sus ideas en torno al pasado, presente y proyección de nuestro continente: La América Latina del siglo XXI.[xi] Se trata de una extensa reflexión dialogada sobre la actualidad de América Latina -actualidad que no se comprende sino proyectándola hacia el futuro e interpretándola desde el pasado- desde la perspectiva de la Iglesia.

Hay una cuestión fundamental que enhebra las preguntas y las respuestas: ¿en qué medida la misión universal de la Iglesia, los procesos de integración regional latinoamericana y el fenómeno actual de la globalización son elementos relacionados, compatibles, sinérgicos o contrapuestos?

            El elenco de temas por los que transcurre la conversación lo acerca a una condición de inventario, por su variedad, detalle, importancia y orden. Methol sitúa la discusión en el marco de la situación mundial y específicamente de la crisis cultural de Occidente. Confronta las visiones de Francis Fukuyama, Samuel P. Huntington y Zbigniew Brzezinski, rescatando de éste último la noción de cornucopia permisiva o consumo de los deseos infinitos: una sociedad de alta tecnificación y consumismo creciente que desarrolla hábitos que aceleran la decadencia cultural.

            Uno de los puntos de referencia es el colapso del comunismo, al cual Methol llama ateísmo mesiánico. Puntualiza los efectos que tal acontecimiento histórico ha provocado sobre la izquierda latinoamericana. Particular atención le merece una modalidad del marxismo latinoamericano, encarnado en la Revolución Cubana, y señala sus notorias contradicciones.

Según el autor, de las dos líneas de izquierda fundamentales, habría entrado en crisis la variante marxista y se sostendría aquella que denomina nacional popular. Es en los movimientos de este signo, que se ocupa de distinguirlos de la noción más difundida de populismo, en los que el autor ve un futuro posible y promisorio para la izquierda en el continente.

            Si se adopta la perspectiva de la Iglesia, la crisis definitiva del ateísmo mesiánico significó un triunfo claro y contundente. Sin embargo la ha enfrentado a un enemigo mucho más sutil, omnipresente y peligroso, que enerva las capacidades de superación de las sociedades: es el ateísmo libertino, que Methol Ferré relaciona directamente con las tesis culturales de Brzezinski.

            El ateísmo libertino, de origen aristocrático, va penetrando a través de los medios de comunicación y la sociedad de consumo las capas sociales más bajas, transformándose en un fenómeno de masas. Un proceso dependiente y relacionado es el avance de las sectas y del protestantismo, derivado de la amenaza de las drogas y la pornografía. El autor se apoya en las tesis de Augusto del Noce, quien ve en estas tendencias la expresión final de la modernidad. Methol reivindica, de todos modos, la presencia de la Iglesia en el génesis del pensamiento moderno.

            En la evolución del ateísmo mesiánico a libertino, el autor realiza una profunda consideración sobre la necesidad de un enemigo, incluso para una institución de naturaleza inclusiva como la Iglesia: esta es probablemente una de las ideas más originales y luminosas del libro. Identificar al enemigo como fuerza secular, comprenderlo y trazar una estrategia para enfrentarlo, finalmente vencerlo y hacerlo amigo, es una necesidad esencial para la vida de la Iglesia, algo que requiere para definir su misión.

            El autor repasa históricamente la evolución de los procesos de globalización, y encuentra así a uno de sus grandes agentes: la Iglesia Católica, que junto con Portugal y Castilla, hizo del continente americano su primera área indiscutida de expansión fuera de Europa. Esta fase de la globalización se hace con la idea de una misión universal y otorga por primera vez al mundo una conciencia histórica planetaria.

            Desde esta perspectiva, la fragmentación política que produjo la independencia de América supuso un franco retroceso en los procesos de integración, cuya necesidad empezó a verse claramente casi un siglo después, con lo que el autor denomina la generación del 900: Vasconcelos, Rodó, Ugarte, Blanco Fombona, García Calderón, Pereira, son intelectuales que desde cada uno de sus países advierten de modo contemporáneo las debilidades actuales y la potencial fortaleza del continente.

            Una consecuencia directa de este despertar de la conciencia del continente, en buena parte animada por pensadores católicos, fue el surgimiento de diversos movimientos nacional-populares, en varios puntos de América: el aprismo, el varguismo, el peronismo. En un primer momento este proceso es seguido por la Iglesia, originaria agente de globalización e integración, a cierta distancia y con recelo, en parte por ciertas influencias ideológicas que se verifican en algunas de sus formas, como el marxismo. Además es consciente de los efectos negativos de la globalización.

Methol señala al Concilio Vaticano II y al gran esplendor teológico que le siguió como disparadores de un nuevo impulso ecuménico de la Iglesia, en la que su rama latinoamericana empezaría a adquirir conciencia propia y a desplegar una actividad determinada por sus deberes y responsabilidades regionales. Las iglesias, por así decirlo, se “nacionalizan”. Es el embrión del CELAM, que nace en tiempos del pontificado de Pío XII.

            El Concilio Vaticano II supone la asimilación y superación de la Reforma Protestante y de la Ilustración por parte de la Iglesia. Ésta asume todo lo bueno de estos fenómenos: la afirmación del Pueblo de Dios y su carácter sacerdotal, de la primera, y la autonomía del conocimiento científico, la aspiración universalista y los derechos humanos de la segunda.

            La evolución de la izquierda latinoamericana y su confluencia con los movimientos posconciliares llevan inevitablemente a la cuestión de la Teología de la Liberación, la cual constituye para Methol un gran momento de discusión teológico-política en el continente y un intento por desarrollar una teología de concepción latinoamericana.

            El autor distingue dos corrientes de la Teología de la Liberación: una de fuerte influencia marxista y otra que se apoya en la religiosidad popular, en la historia. Estima como una pérdida la crisis general de esta línea de reflexión teológico-política, que ha extraviado la oportunidad de evolucionar liberada ya del marxismo después de la pérdida de vigencia de éste último.

La pregunta que cabe hacerse, en contraste con este análisis, es si efectivamente existió una teología de la liberación no marxista, y si esa posible vía de reflexión tiene o tuvo una verdadera entidad teológica.

Methol sitúa a la Iglesia contemporánea en una etapa postcristiana, en la que la secularización ha operado el fin de la cristiandad, a principios del siglo XX. Este proceso potencia, a su parecer, una espiritualización de la Iglesia, despojándola de problemas “superfluos”, pero también anulándola como cuerpo histórico. Sorprende un poco constatar que este proceso no le merece siquiera un leve comentario crítico respecto de sus posibles vinculaciones con el Concilio.  

            Este estado de cosas coincide, a la vez con el florecimiento de nuevos movimientos eclesiales, mucho de ellos de origen o espíritu laical. Es una de las características de estos movimientos el que le parece clave, puesto que es la recuperación de una tradición originaria católica: la atención en la educación y específicamente, en la universitaria.

Advierte en el perfil teológico de Benedicto XVI una posibilidad de recuperar la tradición de reflexión centrada en la liberación, como principal preocupación de la Iglesia latinoamericana, vinculada a los ejes cultura-universidad y opción preferencial por los pobres.

Methol se ocupa de los procesos actuales de integración sudamericana, que obedecen a un imperativo de la realidad de todos los países de la región. Define tres modelos posibles: dos hegemónicos, estructurados en torno a Brasil y los EEUU, y otro de integración equilibrada entre la América hispana y portuguesa, que le parece la más conveniente y exitosa. Esta integración debe tener dos centros dominantes: Brasil y la Argentina, que debe liderar la parte hispana.

            El autor destaca la naturaleza económica y progresiva de la integración en curso y señala la necesidad de aumentar sustancialmente las vías de intercomunicación. Sorprende un poco comprobar que el horizonte de integración supranacional al que hace referencia el autor sea geográfico-económico y no cultural: en su esquema agregativo se percibe un área de integración sudamericana. México y Centroamérica prácticamente no aparecen, como si el enlace con estas importantísimas regiones del continente hispanoamericano fuese un proyecto imposible o poco probable.

            Es imposible dar cuenta detallada aquí del pensamiento de Methol en temas de teología, religión, cultura y filosofía: nos hemos limitado a los asuntos histórico-políticos en sus textos principales. Pero quizá sea muy revelador recordar una notoria particularidad de su pensamiento, que ha destacado agudamente Ramiro Podetti: “Methol solía decir que la Iglesia le había abierto la mente a la comprensión de lo universal.”

Es precisamente desde su fe cristiana que Methol se interesa por temas de geopolítica, puesto que ésta “escapa a las percepciones hiperespecializadas -que dominan en profundidad un aspecto de la realidad pero al costo de aislarlo en extremo- ya que integra la geografía, la cultura, la economía y la política; y por otro lado porque es una disciplina que nació tomando al mundo en su conjunto, discerniendo el rol de los “grandes espacios”, de los “grandes actores”, en ese acontecer”.[xii]

Este sistema de ideas y creencias, amplio y sólido a la vez, le permitió no solamente combinar agudeza teórica, militancia y compromiso político y social, sino además participar de proyectos y empresas políticas de muy diversa matriz ideológica (desde órganos de la jerarquía eclesiástica a movimientos populares de izquierda), sin que en ningún caso pudiera ser tachado de oportunista, acomodaticio o voluble.

 

Final y recomienzo

Los últimos años de Methol dan lugar a una pasión militante remansada, ya otoñal. Se entusiasma con los procesos políticos del continente y con la marcha problemática y llena de obstáculos, pero decidida, hacia la integración. En abril de 2009 adhiere públicamente a la candidatura presidencial de José “Pepe” Mujica. El 15 de noviembre de ese año fallece en Montevideo.

Mi tercer encuentro con Methol sucedió después de su muerte. Por paradójico que pudiera parecer, fue entonces cuando tuve una experiencia cercana de su persona. Recibí una generosa invitación a participar en unas Jornadas de Homenaje a Alberto Methol Ferré, que organizó la Universidad de Montevideo, junto con sus familiares y amigos más cercanos.

Concurrí con un vago prejuicio. Frecuentemente, las reuniones de este tipo son ocasiones en las que las “viudas” del pensador, es decir, quienes pretenden oficiar como albaceas, herederos e intérpretes de su legado intelectual, presumen ortodoxia o fidelidad y se acusan mutuamente de advenedizos, tergiversadores y arribistas.

Mis previsiones fueron gratamente disipadas cuando advertí que estaba en presencia de una familia, en el sentido propio y también en el sentido analógico: una familia intelectual, inclusiva, compuesta de parientes, descendientes, amigos y discípulos, colegas y renombrados académicos, quienes se reunían para hacer un fraterno brindis de ideas y recuerdos en honor al viejo maestro.

Mucho más que los recurrentes testimonios en torno a las virtudes de Alberto Methol Ferré, formar parte de ese sentido y festivo simposio me dio la confirmación definitiva de su calidad humana. A las personas no sólo se las conoce en su individualidad, sino también por las relaciones y amistades que se procura y sabe cultivar.

Adicionalmente, constituyó para mí la evidencia de una ingente y extendida labor de docencia, que trascendió las aulas y los claustros, y se derramó generosa en todos quienes tuvieron oportunidad de conocerlo y tratarlo: un verdadero ejemplo de sabio, en el sentido más pleno del término.

Porque Methol poseyó un rasgo de la personalidad que lo alejaba del intelectual en su configuración más difundida y lo acercaba a la genuina y profunda sabiduría. No se dejó ganar nunca por el escepticismo ni por el desaliento. A pesar de que sus estudios y análisis son frecuentemente muy críticos y revelan una realidad insatisfactoria y problemática, nunca fue un profeta de la claudicación y del no future.

En cambio mostró un entusiasmo militante ante los movimientos populares y las transformaciones que se operaban en el continente. De ahí su vivaz expectativa ante los procesos políticos recientes en Brasil, Venezuela y Uruguay. Algunos han juzgado tal actitud como una notoria ingenuidad, pero es manifestación de un modo espiritual propiamente cristiano, conocido como esperanza.

No es una mera creencia en el progreso ilustrado, sino la auténtica esperanza, que se empeña por ver la acción de la Providencia en el devenir humano. Un hábito que a fuer de generoso y confiado, se expone a las desmentidas y los desengaños, pero que resultan siempre accidentales y no empañan los verdaderos horizontes más allá de la historia, que la incluyen y le dan sentido.

Medida de esa concepción esperanzada de la vida y de la historia es que Methol nunca se dejó llevar por idealizaciones de la realidad ni por construcciones utópicas. Su método de análisis histórico, político y económico fue riguroso y no hizo concesiones a la fantasía: analizó las bases materiales de la vida social, sus condicionantes, sus limitaciones y las estructuras derivadas de poder; dio cuenta del perfil psicológico de las sociedades y fue un observador atento de las relaciones de dominación y de las ideologías puestas a su servicio.

 

El peso específico de una labor intelectual americanista

En el escenario intelectual del continente, Alberto Methol Ferré se sitúa en una posición única, no asimilable a ningún otro pensador o estudioso latinoamericano, sólo ocasionalmente reconocida por la academia.

Es sabido que en la historia del pensamiento los autores más originales son los que realizan las labores de síntesis más vastas y profundas. Methol es, sin lugar a dudas, un pensador de síntesis. Esa capacidad sintética es producto de cualidades intelectuales poco comunes, pero también de condiciones morales -hace falta tener un profundo amor a la realidad para llevar a cabo esa tarea- y seguramente de su condición de autodidacta, de agente libre no determinado por los compartimientos estancos de la academia.

Methol tuvo el valor y la seguridad de pensar propios del intelectual emancipado, libre (por nacimiento o por lucha) de los colonialismos mentales que imponen un modo secundario de reflexión e investigación, subordinado y condenado a hacer notas a pie, adaptaciones o modestas sinopsis de lo que producen los centros rectores.

Esta característica de su pensamiento no sólo es feliz y provechosa para América Latina, sino que reviste particulares beneficios para la Argentina. A Methol le gustaba decir que él era un “argentino oriental”, y a continuación les pedía a los argentinos que se asumieran como “argentinos occidentales”.

Entendía que dentro de la Patria Grande, la Argentina y el Uruguay formaban parte de una identidad común regional. Y si la división política entre las Provincias Unidas y la Banda Oriental había sido un infeliz acontecimiento histórico, podía sacarse provecho de él en un ambicioso proyecto de integración. Montevideo podría recuperar el carácter de contrapeso con Buenos Aires, estableciéndose una relación más equilibrada con las provincias del Interior, tal como lo viera el preclaro Artigas.

Esa condición de “argentino extrañado” le dio una perspectiva particularmente lúcida de nuestro país. Respecto de la Argentina, Methol nunca fue un observador extranjero ni un desterrado, no tuvo la amargura ni el resentimiento del exiliado: desde su privilegiado balcón uruguayo (lejano y cercano a la vez) contempló con profundo amor fraternal y de modo íntegro la realidad argentina, su particularidad y su posición en el mundo, sus fracasos y frustraciones, sus obstáculos, pero sobre todo su promesa y sus esperanzas. [xiii]

 

 

[i]Para los datos biográficos de Alberto Methol Ferré me he basado en las valiosas síntesis de Luis Vignolo -muy completa y secuenciada- y de Alver Metalli -más libre pero también más vivencial- que se encuentran, respectivamente, en Los Estados continentales y el Mercosur y La América Latina del siglo XXI, libros que serán comentados más adelante.

[ii]Methol Ferré, Alberto. La crisis del Uruguay y el Imperio Británico. Buenos Aires, La Siringa, 1959.

[iii]Ídem, p. 39.

[iv]El proyecto no se concretó, pero fue el propio Jauretche quien escribió el prólogo del libro. Referencias cruzadas sobre este proyecto en colaboración que no llegó a concretarse pueden encontrarse en Jauretche, Arturo. Ejército y Política. Buenos Aires, Peña y Lillo, p. 1984, pp. 9-11. También se encuentra en el libro de Methol una dedicatoria para Helio Jaguaribe, notorio intelectual brasileño, quien viajaría en 1955 a Montevideo con el objetivo expreso de tener una entrevista con él, y con quien trabó una fecunda amistad.

[v]Methol Ferré, Alberto. Geopolítica de la Cuenca del Plata. Buenos Aires, Peña y Lillo, 1971, p. 32.

[vi]La obra recién sería publicada en 2009, bajo el título de Los estados continentales y el Mercosur. Buenos Aires, Instituto Superior Dr. Arturo Jauretche – SADOP, 2009. La edición incluye un prólogo y síntesis biográfica, obra de Miguel Ángel Barrios y una muy interesante entrevista realizada por Luis Vignolo.

[vii]Descartes (Seud. de Perón, Juan Domingo). Política y estrategia (no ataco, critico). Buenos Aires, s/e, 1951, pp. 231-235.

[viii]“Hubo en la Independencia con la atomización de los Estados Ciudad una gigantesca victoria del Imperio Británico, el primer imperio industrial de la historia, que nos convirtió en súcubos, en periferia. Esa fue la derrota esencial de Artigas, generada básicamente por los ingleses. Porque los unitarios porteños eran el sector inglés de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y los portugueses también estaban bajo el control inglés.  De manera que es una gran victoria inglesa la derrota de Artigas. A tal punto que la verdad de nuestra realidad, en forma feroz, es que la Plaza Independencia va a adquirir la plenitud de su sentido solamente con la victoria de la integración. De lo contrario la Plaza Independencia está ocultando que la verdadera e invisible estatua dominante es la de Lord Ponsonby y no la visible de Artigas. Hoy la estatua de Artigas es la máscara de Lord Ponsonby. Y Artigas no fue máscara de nadie. Es hora de que arrojemos esa máscara al suelo. Hoy está semi-arrojada porque los ingleses se fueron. Ya Ponsonby pegó el raje. Hace rato que pegó el raje. Ya no importa, pero importa Mister Ponsonby. Su hijo norteamericano anglosajón. En la retirada inglesa el Lord puede ser sustituido por el Mister. Por un Mister texano hoy, o de la Florida -qué se yo- o de cualquier estadito yanqui en el futuro. El TLC es el intento de Míster Ponsonby de evitar que la Plaza Independencia sea la verdadera Plaza de Artigas”. Methol, Los estados continentales y el Mercosur, p. 137.

[ix]Methol Ferré, Alberto. La crisis del Uruguay y el Imperio Británico. Buenos Aires, La Siringa, 1959.

[x]El juicio de Hernández Arregui es duro y ciertamente impiadoso, pero no deja de ser terriblemente cierto: “Jorge Abelardo Ramos no maneja una documentación inédita. Esto podrá ser un defecto, pero al mismo tiempo prueba por contraste, la insignificancia de la mayoría de nuestros historiadores profesionales. No parece preocuparle mucho, en efecto, la técnica heurística –esa técnica que hace creer a los trotapapeles melancólicos que hacen historia cuando en realidad son archivistas-, pero en cambio, la documentación édita utilizada, es en cierto modo nueva, pues ha sido exhumada de libros que la oligarquía ha radiado de la circulación, o bien es recreada por la originalidad interpretativa de Ramos, a lo cual contribuye tanto la fuerza literaria del autor como el método marxista que hace de soporte teórico.” En: Methol, La izquierda nacional en la Argentina, pp. 71-72.

[xi]Methol Ferré, Alberto; Metalli, Alver. La América Latina del siglo XXI. Buenos Aires, Edhasa, 2006.

[xii]Podetti, Ramiro. A veinticinco años de la Revista Nexo. En: Restán Martínez, Javier. Alberto Methol Ferré. Su pensamiento en Nexo. Buenos Aires, Dunken, 2010, pp. 20-21.

[xiii]Para redactar este artículo he recibido una decisiva ayuda de Ramiro Podetti, Miguel Ángel Barrios y Gastón Goyret, unos metholianos formidables y generosos. También quisiera agradecer muy particularmente el apoyo de Marcos Methol Sastre, hijo de Alberto Methol Ferré. 


 

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