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A PROPÓSITO DEL ÚLTIMO LIBRO DE METHOL FERRÉ

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En estos días tuve el placer de viajar a Montevideo para inaugurar la Casa Identitaria y en la ocasión el hijo mayor de Tucho Methol, Marcos, me regaló el último libro de su padre: La Américalatina del siglo XXI. Un largo reportaje realizado por Alver Metalli.

Ya en el título mismo Methol insiste, como lo hizo toda su vida, con el concepto trucho, falso y, lo peor, falsificante de “América Latina”. Como yo lo frecuenté a Tucho y disfruté de su amistad, no como alcahuete o adulador, sino como pensador de lo nacional-popular mucho más joven, en por lo menos, veinte ocasiones, le ofrecí razones a diestra y siniestra, mostrándole (nunca demostrándole) que el concepto de “América latina” es espurio, no solo por su origen sino, sobretodo por su falso contenido.

El origen, y Tucho lo sabía muy bien, es francés. Nace en la cabeza de Chevalier el canciller de Napoleón III, para intervenir en Hispanoamérica, una tierra donde los franceses no tenían nada que ver. Ellos ya habían cometido el terrible error de vender la Louisiana a los Estados Unidos y de abandonar Canadá a su suerte.

Es Chevalier quien lanza la idea de la latinité. Los franceses van a insistir con el concepto, luego lo toman los curas y crean en Roma el Colegio Pío Latinoamericano para los curas “bolitas”. Los yanquis lo usan estratégicamente par introducir una capitis diminutio en el “mundo boli” y el marxismo para caracterizar una “sub clase proletaria”. Con la convergencia de estos cuatro factores: Francia, la Iglesia, los yanquis y el marxismo, el concepto se impuso universalmente, y listo el pollo, no hay con qué darle.

En cuanto a su contenido, carece de especificidad propia y por lo tanto es falso de toda falsedad. Cuando decimos “América latina” no establecemos ni un género próximo ni una diferencia específica. Es un flatus vocis. En criollo, un pedo oral.

Pues, si el concepto quiere englobar a los descendientes de  Francia, España, Italia, Portugal y Rumania no lo consiguió, porque ni descendientes de  italianos, ni los rumanos ni los portugueses se consideran latinos. Ni siquiera los descendientes franceses del Canadá se consideran latinos.

Los únicos latinos que existen en el mundo son los italianos oriundos de la zona del Lacio. No hay otros. El resto es una extensión indebida.

Y si el concepto quiere especificar solamente a los americanos que hablan castellano porque éste deriva del latín, eso es falso de toda falsedad, pues está requete probado que el castellano deriva del osco.

Y si el término América Latina quiere significar un proceso de liberación nacional de los pueblos indoibéricos, es falso porque nadie da la vida ni va a la lucha por un “universal vacío”. Solo se va a la lucha por valores y vivencias y el concepto de América latina no encarna ninguna de las dos referencias. “de estéril latinoamericanismo” califica al concepto el brasileño Helio Jaguaribe.

Dicho esto por enésima vez, pasemos al comentario del libro.

Es sabido que Tucho Methol se ocupó toda su vida del tema Iglesia. Fue un laico comprometido desde siempre. En un Uruguay masón y liberal fue una especie de hierro de madera, este hijo brillante.

El libro está compuesto de siete capítulos donde en los seis primeros habla, mutatis mutandi,  sobre su interpretación del la historia de la Iglesia en Nuestra América y concluye con un capítulo, lamentable, sobre el Papa Ratzinger, la Iglesia y América.

La interpretación de Tucho sobre la Iglesia en América está limitada y sigue el hilo conductor de las cuatro conferencias generales de los obispos “latinoamericanos”.

 

  1. 1955: Río de Janeiro. Creación del CELAM. El obispo brasileño Helder Camara fue el gran promotor. Se alienta el trabajo de la Acción católica tradicional
  2. 1968: Medellín. Se promueve la Acción católica especializada: mundo obrero, universitario e intelectual, así como el Movimiento familiar cristiano.
  3. 1979: Puebla donde se profundiza la idea de pueblo cristiano histórico. El padre Lucio Gera fue quien más incidió con el rescate de la religiosidad popular. Se deja de lado lo anterior y se privilegia el trabajo sobre las Comunidades eclesiales de base (CEB).
  4. 1992: Santo Domingo. Celebra los cinco siglos del descubrimiento y evangelización de América. Se habla de nuevos movimientos apostólicos y se abandona la idea de las CEB por ser víctimas de la manipulación ideológica por parte del marxismo.

Su interpretación sigue la línea del progresismo cristiano, aunque bien diferenciada del marxismo cristiano o de lo que queda de él. No hay que olvidar que Methol es quien más se opone, desde la Iglesia en Nuestra América, tanto al foquismo guevarista como a la teología de la liberación de corte marxista.

Como vemos esta es una lectura de la historia de la Iglesia a partir de lo que han afirmado los obispos, sería de esperar, alguna vez, una historia de la Iglesia en Iberoamérica, pero a partir de las vivencias y ambiciones de nuestros pueblos. Que podría tener los siguientes capítulos:

 

  1. la constitución del éthos católico del mundo indiano
  2. la iglesia en las luchas de la independencia
  3. la iglesia en la constitución de los Estados nacionales
  4. la iglesia y los movimientos nacionales
  5. la iglesia y el desencanto de los pueblos

 

El libro de Tucho Methol se ocupa, solamente, de este último apartado, pues comienza en el mismo año que cae el peronismo. Si afinamos la puntería es una historia de la Iglesia de cosas de curas y monaguillos. De dimes y diretes entre todos ellos, mientras que el pueblo y su sentir brillan por su ausencia.

 

Tenemos finalmente el último y, como dijimos al comienzo, lamentable capítulo sobre Ratzinger, el concilio y la Iglesia.

Y decimos lamentable porque Methol que toda su vida apoyó al Partido Blanco en Uruguay y al peronismo en Argentina por considerarlos fuerzas contrarias al liberalismo y a sus variantes socialdemócratas, termina haciendo la apología del Estado liberal democrático.

Comienza, en primer lugar ofreciendo una versión y visión progresista del Concilio Vaticano II, como expresión, en su opinión, de una tercera escolástica: Maritain, Rahner, Guardini, Guitton que permitió la convergencia de lo mejor del pensamiento católico con lo mejor del pensamiento laico-iluminista. Cuya conclusión natural fue el diálogo entre Habermas y Ratzinger. Así, afirma Tucho: “En la visión de estos dos exponentes, el Estado liberal democrático, pasa a ser un ámbito de vínculos, de

Legitimaciones, de reconocimientos y de garantía para todos” (p.145).

Methol, sobre un presupuesto tan débil como que Descartes era católico y Thomas Paine protestante va a sostener que la Iglesia es fundadora de la modernidad  y que “la modernidad católica asumirá tanto la reforma protestante como el iluminismo” (p.154) a beneficio de inventario.

Esta visión optimista y moderna de la Iglesia que viene a defender Tucho en todo este largo reportaje se va al traste cuando la comparamos con los frutos reales del Vaticano II: 1) la pérdida de vocaciones sacerdotales, 2) el avance de las sectas evangélicas en la América Indoibérica, 3) la pérdida de prestigio y peso político de la Iglesia en América. 4) desacralización de la liturgia y los ritos, que era lo que mayor goce daba al pueblo llano.

Desde el punto de vista profano, no soy más que un católico amateur, produjo un descalabro tanto dentro de la Iglesia, como entre la Iglesia y los pueblos, que casi un cuarto de siglo de un papado como el de Juan Pablo II, no pudieron arreglar.

Si lo pensamos detenidamente la pérdida de América para la Iglesia comenzó con el último Concilio, pues allí la Iglesia jugó la carta de la modernización, il aggiornamento, cuando la modernidad había entrado en crisis. La segunda guerra mundial marca el fin de la época moderna porque entran en crisis sus grandes relatos: la idea de progreso, la democracia liberal, la razón calculadora, la manipulación de la naturaleza, etc. Pero es el desfasaje entre técnica y moral su partida de defunción: Hiroshima y Nagasaki son el ejemplo más terrible de este divorcio.

 

De ello no se percataron  Juan el Bueno ni Paulo el Estudioso,  quienes equivocaron la estrategia internacional de la Iglesia católica durante la segunda mitad del siglo XX.

El primero  partió de un error gravísimo en filosofía de la historia y así cuando la modernidad se agotaba  jugó la carta de la modernización de la Iglesia, mientras que el segundo se equivoca en política internacional y hace jugar a la Iglesia la carta del imperialismo geográficamente activo (la vía socialista) cuando el socialismo real estaba muy próximo a implosionar.

 

Juan Pablo II se percata de este último error y modifica sustancialmente las líneas directrices de la Iglesia en política internacional, surge entonces el reagano-papismo. Pero en veinte años de pontificado no pudo borrar el sinnúmero de idiotismos modernos con que había sido cargado el mensaje de la Iglesia católica durante el período conciliar y postconciliar.

La Iglesiano solo se desacralizó con el Vaticano II sino que desacralizó también a todo un mundo, a dos ecúmenes que le pertenecía por derecho propio como Europa e Hispanoamérica. Estos grandes pensadores que según Methol iban a conformar “la tercera escolástica” fueron los responsables directos de la pérdida de lo sagrado. Ellos se mundanizaron y mundanizaron a la Iglesia y el pueblo cristiano se quedó, como dice el paisano: en bolas y sin documentos. “En Chile y a pie”,  como dijo Felipe Varela.

 

Finalmente, digamos a favor de Alberto Methol Ferré que fue un gran tipo, que salió de la media normal del ensayista “latinoamericano” y que cuando después que se retira del CELAM en 1992,  comienza a estudiar en forma histórica y política,  precisa, puntual, profunda y constante el tema de la integración suramericana y allí: ¡Chapeau Tucho!

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ALBERTO METHOL FERRÉ

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