TESTIMONIOS

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ALBERTO METHOL FERRE. UN TOMISTA SILVESTRE E INTEGRADOR.

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Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo estrechamente, le decíamos Tucho, el Tucho; y todos, aun los que lo conocían menos, estuviesen o no de acuerdo con su pensamiento, le teníamos un afectuoso respeto intelectual; y otros, un malhumorado reconocimiento. Podremos convenir que tuvo dos únicas fundamentales pasiones en su vida: la Iglesia católica y la reintegración de nuestra América plural y mestiza en una sola Patria Grande, justa, libre y soberana.


Este slogan peronista subraya su pertenencia ideológica. Unamuno y Chesterton, entre otros, fueron un instrumento eficaz de la Gracia que provocó su conversión. De sus lecturas nació el “tomista silvestre”, como le gustaba definirse. Fue fiel a sus pasiones y pagó con austera alegría los muchos costos que conlleva siempre una vida valiente sin estridencias. Esos dos grandes amores le proporcionaron una envidiable juventud espiritual, la admiración afectuosa de sus amigos y compañeros, el respeto congelado de sus adversarios, y también lo que por aquí se llama “ninguneo”, aun desde la grey a la que pertenecemos.


Padeció injusticias e incomprensión por la índole de sus ideales, incómodos éstos para sectores conservadores, pacatos y “patriachiquistas”, y también en extendidos ambientes intelectuales de izquierda, intoxicados de ideologismos, más que de serios proyectos de liberación. Methol tenía un acabado conocimiento de la historia de nuestra índole, capaz de la autocrítica y de la actualizada y objetiva apreciación de la realidad mundial, americana y rioplatense.


Su militante entusiasmo no entorpeció un pensamiento agudo, original y profundo, humilde y sin dobleces. Ajeno a los cálculos del beneficio personal, fue generoso en la divulgación de sus conocimientos en su Patria Chica y viajando por todos nuestros países. Siempre estuvo al servicio del bien común. Su intelecto no provenía de un “cerebro musculoso”, si bien poseía una poderosa capacidad mental, ésta estaba alimentada por la energía de sus dos pasiones, por sobre cualquier vanidad de brillo personal. Y así fue hasta los últimos días de su vida. El insigne filósofo italiano Augusto Del Noce manifestó asombrado que nadie como Methol Ferré, desde el lejano Montevideo, había comprendido tan acabadamente su pensamiento.


Su limitación en el uso del lenguaje hablado –tartamudeaba– nunca fue excusa para rehuir el desafío de hablar en público, dictar clases, pronunciar conferencias. Se convirtió para mí en el tartamudo más elocuente del mundo. Superaba con elegancia y simpatía la dificultad, comenzando sus disertaciones informando a la audiencia que tendrían que perdonarlo por esta complicación. La amenidad y el muy buen uso del idioma lo libraban de menoscabos.


Se esforzó con éxito en mantener y persistir en un difícil arte, el de la autoridad moral. Siempre consecuente con sus certezas y nunca obsecuente con tendencias de modas intelectuales –con lo “políticamente correcto”–, ya sea de derecha o izquierda, y eso se paga por derecha y por izquierda… Trató, y creo que lo logró, de no estar ni un milímetro más a la derecha o a la izquierda del Evangelio, pero con una clara y decidida preferencia por los pobres, sin paternalismos humillantes. En tal caso se podría deducir erróneamente, que el Evangelio está en un aséptico centro, cuando en realidad está por arriba del centro, y por arriba de la derecha y de la izquierda. Pero participaba de un Evangelio encarnado, para que no fuese solamente un montón de papel encuadernado durmiendo en alguna biblioteca.


Participó activamente en el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y descolló en la Conferencia de Puebla para que el Evangelio se encarnase en la historia de nuestra humanidad latinoamericana, en nuestra cultura plural y mestiza.

Bregó por la reunión de nuestras Patrias Chicas en una sola Patria Grande, despertando una vieja voluntad de destino común basada en la necesidad, en la historia, en la geografía, en las lenguas no herméticas entre sí del castellano y el lusitano, en nuestro mestizaje de sangre y de culturas, en grados y componentes diversos según los países. Decía: “somos todos mestizos”. Permanentemente hacía referencia al ocultado mandato mítico simbólico de los Libertadores por la unión de nuestras patrias, comenzando por Artigas y de los caudillos, poetas y políticos del pasado y del presente americano.


Uno de sus últimos trabajos se refieren a esta temática: Perón y la Alianza Argentino Brasileña (El Corredor Austral) en donde pone de manifiesto los esfuerzos en concretar la alianza entre la Argentina y Brasil, que Perón acordó con Getulio Vargas, creador del Brasil moderno.


A partir de extensos diálogos con Methol, Alver Metalli escribió La América Latina en el siglo XXI (EDHASA), cuya presentación en Buenos Aires realizó el cardenal Jorge Bergoglio. Su amigo y discípulo, el montevideano Guzmán Carriquirry, subsecretario del Pontificio Consejo para los Laicos, publicó: Una apuesta por América Latina (Sudamericana) en el que recoge el pensamiento de Methol Ferré, desde una mirada romana, ciudad en donde reside desde hace muchos años. En el prólogo del libro, monseñor Bergoglio señala dos grandes temas muy caros a nuestro amigo Methol: la integración latinoamericana y el pensamiento de los centros el mundo aplicados por derecha y por izquierda en nuestros países, la concepción imperial de la globalización y el progresismo adolescente: “Ante todo, se trata de recorrer las vías de la integración hacia la configuración de la Unión Suramericana y la Patria Grande Latinoamericana. Solos, separados, contamos muy poco y no iremos a ninguna parte. Sería un callejón sin salida que nos condenaría como segmentos marginales, empobrecidos dependientes de los grandes poderes mundiales”.


Finalmente, Methol Ferré en 2009 publicó Los Estados continentales y el Mercosur. Mantuvo vivas sus pasiones hasta el final, trabajando permanentemente en el desarrollo de sus pensares. En la última conversación que tuve con él me manifestó su angustia por la irresponsable pérdida de interés por los procesos integratorios de muchos de la dirigencia argentina. Lo consideraba como una deserción a nuestra mejor historia, pensando además que la Argentina debía balancear, encabezando a Hispanoamérica, no en contra, sino que complementando equilibradamente el avallasante poderío  lusoamericano, que lo llenaba de esperanza.


Aprendí de él que son pocos pero muy profundos los elementos comunes entre nosotros los de aquí, en el Sur, y el factor unitivo del catolicismo –fundacional de toda América Latina– que además de religioso es también cultural. Decía que así como un árabe ateo es mahometano cultural, todo latinoamericano ateo o agnóstico, es católico cultural. Sabía muy bien que conviven otras religiones en nuestra América, pero que no la definen culturalmente tanto como el catolicismo papista desde hace 500 años.


Se autodefinía un “argentino oriental”, tal como Lavalleja en su Proclama al encabezar la cruzada de los 33 Orientales, para independizar a la Banda Oriental de la invasión del que fuera el Imperio esclavista del Brasil y reincorporarla al seno de las Provincias Unidas. Ello no lo convertía en un antibrasileño siendo solamente enemigo de la llamada Provincia Cisplatina. Rechazaba la herencia de los conflictos castellano-lusitanos, y elogiaba los años en que ambas coronas fueron una y fuimos uno con el Brasil.


Resaltaba el expreso pensamiento del general Perón, en cuanto afirmaba que el primer paso, imprescindible para lograr la reunión de todos para una verdadera independencia de Latinoamérica, era un entendimiento estratégico argentino-brasileño que, superando viejas y heredadas enemistades, desconfianzas y competencias, consolidara una alianza inteligente y necesaria para ambos, base central y columna vertebral para la concreción de la Patria Grande. Ese pensamiento, afirmaba el Tucho, no fue sólo teórico, ya que Perón lo concretó políticamente durante uno de sus gobiernos, junto con Getulio Vargas del Brasil, a lo que después se sumó Chile con su presidente el general Ibáñez del Campo, concretando el llamado ABC, importante antecedente del Mercosur. Acuerdos asombrosamente ignorados y prácticamente inexistentes en los estudios universitarios.


Methol reivindicaba con énfasis esa política, que mereció una campaña del Departamento de Estado que  denunciaba un supuesto “imperialismo nazi argentino”, campaña que tuvo mucho éxito en su Montevideo natal, y también en amplios sectores argentinos. Me permito aconsejar que se tome mejor conocimiento de sus libros, acciones y testimonios en nuestros seminarios, universidades y colegios católicos.


Merece, a mi criterio, un título post mortem Honoris Causa de la Universidad Católica Argentina.


De joven había sido secretario del gran caudillo, historiador e intelectual oriental Luis Alberto de Herrera, acusado de nazi por su apoyo a la argentina peronista. Me contó Methol que cuando Perón triunfó en su primera elección, enfrentando a la Unión Democrática, Herrera le envió un telegrama de felicitación. Al otro día recibió la respuesta agradecida del presidente electo, que le decía al finalizar: “Y ahora tenemos que hacer la unión de la América del Sur”.


Con su amigo Arturo Jauretche durante su exilio en Montevideo pensaron escribir un libro juntos, cosa que no pudieron concretar. Fue también amigo de Abelardo Ramos, y gozaron de grandes coincidencias. Se puso en disposición, con humildad y respeto, para transmitirle y convencerlo del mensaje del Evangelio y de presentarle al Señor Jesús.


Renunció a un alto cargo en la Administración Nacional de Puertos en repudio al golpe militar acaecido  en la otra banda. Fue hombre de consulta del general Seregni en los comienzos del Frente Amplio y del “Pepe” Mujica, actual presidente de la República Oriental del Uruguay. Se nos fue un amigo, católico militante, patriota de la Patria Grande. Nos queda el afecto que nos dispensó, la luz de su pensamiento, el ejemplo de su conducta y la confianza de que ya está habitando aquella morada que Jesús le prometió a él y a todos nosotros.  

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