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DISCURSO DEL EMBAJADOR ARGENTINO PATIÑO MAYER

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Estamos aquí reunidos para homenajear a quien más allá de los fríos registros calendarios, sigue exhibiendo una envidiable juventud, esa misma juventud que José Enrique Rodó describe en el Ariel cuando le hace decir a Próspero: “La juventud que vivís es una fuerza de cuya inversión sois responsables. Amad ese tesoro y esa fuerza; haced que el altivo sentimiento de su posesión permanezca ardiente y eficaz en vosotros. Yo os digo con Renán: <<la juventud es el descubrimiento de un horizonte inmenso, que es la Vida>>” Cita a la que yo me permitiría agregar que sólo son los jóvenes aquellos que habiendo “descubierto el horizonte” son capaces de marchar hacia su encuentro hasta el último instante de sus vidas.
            Una expresión del cinismo a que pretende acostumbrarnos la cultura de lo instantáneo a la que resistimos y con la que se quiere anestesiar el espíritu crítico domesticando la rebeldía creativa del alma humana, se pone de manifiesto en aquella frase que sentencia que “la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo”. En este homenaje a Methol Ferré estamos proclamando justamente lo contrario, decimos que “la juventud es una virtud que se enriquece y fructifica con el abono del tiempo y el riego de la fidelidad”. De la fidelidad a ese horizonte descubierto y al que no se puede ni se quiere renunciar, porque al hacerlo se estaría traicionando la construcción de la propia identidad. Somos lo que buscamos, somos lo que deseamos, somos esencialmente aquello por lo que luchamos. Y cuando la juventud es mucho más que un fenómeno cronoestético que intenta perpetuarse solamente a fuerza de afeites y cirugías o un ídolo de barro que se venera en los altares del consumo, se transforma en una fuerza que crece con el paso del tiempo y la vitalidad de la experiencia; y es justamente entonces cuando merece ser homenajeada y nosotros lo estamos haciendo.
            Porque Tucho Methol sigue siendo hoy un joven luchador. Portador del mismo espíritu que por mediados de la década del cuarenta lo llevó a iniciar su militancia en el Partido Nacional que reconocía entonces como líderes a Luis Alberto de Herrera y a Eduardo Víctor Haedo, entusiasmado por los principios de la solidaridad hispanoamericana, el antiimperialismo y las expresiones nacientes del populismo nacional que habían tenido en Haya de la Torre a uno de sus líderes y encontraban al otro lado del Plata en las jornadas de Octubre del 45, a la clase trabajadora argentina desbordando las calles de la elegante Buenos Aires.  Volveremos sobre esto más adelante. Es también un joven maestro y un predicador incansable. Desde la cátedra, sus conferencias y publicaciones, nos desafía sin dar respiro a mirar el verdadero rostro de nuestra América sureña, tantas veces oculto con premeditación y alevosía.
            Y fue también la alegría que suele animar el compromiso de los jóvenes cuando abrazan causas permanentes la que lo llevó, Chesterton mediante, a convertirse a los veinte años a la religión católica. Y se entiende lo de Chesterton si como dice Amador Fernández Savater, “Fe o confianza, amistad y fidelidad son los valores sustantivos de los proscritos de Chesterton” y son también las cualidades sustanciales de esa juventud atemporal de la que hablamos antes. Y sigue ampliando Fernández Savater: “El vínculo entre esos tres valores (la fe, la confianza y la fidelidad) lo relata así Alain Badiou[1]: <<sin la fe no se tiene nada. Si no se tiene confianza, no se tiene nada tampoco. Porque si lo que se encuentra es desconfianza no se puede tener una relación positiva con el otro, será siempre recelosa. Entonces, el primer punto es la confianza, la confianza en el hecho de que es posible pensar otro mundo, la confianza en el proyecto común. Luego, la fidelidad, porque es necesario estar juntos, ser fieles a esa confianza. No se trata de tenerla de vez en cuando y por azar, hay que continuarla. El único imperativo es continuar, no dejarse desalentar, no renunciar, mantener la confianza, porque de inmediato esa confianza va a encontrarse obstáculos terribles, fracasos, imposibilidades. Y desde el interior de la fidelidad se crea la comunidad amistosa de los que son fieles. La amistad es la consecuencia de una fidelidad común>>. Me apostaría (sigue Savater) un vaso de ron y un poco de queso en la taberna errante a que Chesterton estaría con esto, incondicionalmente de acuerdo.”
            Y es en su alegre encuentro con la fe cristiana que el Tucho Methol arriba a otra de las fuentes de la eterna juventud. Porque es la alegría de vivir por algo y para algo, más allá como dice Badiou de “obstáculos…fracasos e imposibilidades”, lo que distingue a la juventud de la decrepitud espiritual. Es esa alegría de la Fe, la que se contrapone a la desesperanza del transcurrir “turístico” por la vida y rechaza la crueldad opresiva de los fundamentalismos, sean estos económicos, raciales o religiosos. Es simplemente el gozo agradecido de estar vivo, el mismo que le permitió afirmar a Chesterton con humilde simplicidad: “No sé si Dios creó al hombre para una felicidad Absolutamente Absoluta, pero sí sé que quiso que pasáramos buenos ratos y yo tengo la intención de pasarlo bien”.
            Y es Chesterton también el asistente espiritual del tránsito religioso de Methol porque el voluminoso escritor británico exhibe al igual que nuestro homenajeado, un “agonal” sentido de la vida. Dice Chesterton: “la vida de héroes y villanos es la vida tal y como se vive realmente. Toda aquella literatura que nos presente nuestra vida como peligrosa y sorprendente es siempre más verdadera que aquella otra literatura que nos la hace ver languidecente y llena de dudas. Porque la vida es una lucha y no una conversación”.
            Pero si Chesterton fue el acompañante espiritual de la conversión de Methol, no debe de haber estado ajeno al diseño inicial de sus convicciones políticas. Sus compromisos con la democracia, el antiimperialismo y la justicia social, encontraban en textos del autor de “El hombre eterno” el aliento vital de la razón y la ironía. Escribió Chesterton sobre estas cuestiones: “Por la libertad del individuo y la familia contra la interferencia de negociantes, monopolios y el estado (…) Cada trabajador debe tener parte en las decisiones y el control de las empresas en las cuales trabaja. (…) y la máxima, en lugar de la mínima, iniciativa por parte de los ciudadanos”. Dijo también: “Estar en el campo del más débil es estar en la escuela del más fuerte”. Para terminar juzgando el sistema de distribución de la propiedad del modo que sigue: <<Resulta la negación de la propiedad que el duque de Sutherlant tenga todas las granjas de su condado, como sería la negación del matrimonio que tuviera todas nuestras esposas en su harén>>.
            Volvamos ahora a la razón de esta ceremonia de reconocimiento con que el gobierno argentino honra hoy a Methol Ferré. Pero para no cortar abruptamente el camino que veníamos, voy a abordar la cuestión central de este homenaje recurriendo a un pasaje del Nuevo Testamento, en el que según Lucas 12, 54-59, Cristo califica de hipócritas a aquellos que saben pronosticar el tiempo, el bochorno y las tormentas, pero no interpretan “los signos de los tiempos”. Sin pretensión alguna de exégesis religiosa, permítanme trasladar esta figura evangélica al terreno de la inteligencia política. También hoy, como seguramente siempre, pero hoy -merced a los medios de comunicación- de manera masiva y permanente, nos encontramos con aquellos que diagnostican y pronostican sobre los hechos y acontecimientos con que es bombardeada sin tregua nuestra atención, haciendo gala de una insolente superficialidad. Pero no parece haber tiempo ni lugar para distinguir lo urgente de lo importante, lo permanente de lo accesorio, lo coyuntural de lo estratégico. Todo es diagnóstico y pronóstico efímero. En este quehacer el hombre es mero espectador, víctima o beneficiario, pero siempre testigo mudo y pasivo de acciones ajenas que nadie parece controlar. En este trajín aparentemente lúdico, azaroso y anárquico, muere lo político como construcción colectiva y se rinde sin condiciones la voluntad de cambio y la lucha transformadora.
            Están al contrario, aquellos que más allá de diagnósticos y pronósticos coyunturales, intentan leer los signos permanentes de los tiempos; aquellos signos que nos permiten ligar y dar significado a las distintas etapas de la historia humana, descubriendo en esos signos el mandato inacabable, insaciable de comprometernos con la lucha permanente por la justicia, la dignidad del hombre y de los pueblos. Methol es sin duda uno de ellos. Forma parte de esa estirpe de intelectuales sudamericanos que ya desde finales del siglo XIX, tomaron conciencia de la fragilidad en que había culminado la epopeya independentista de las nunca nacidas Provincias Unidas de Sudamérica y trataron de interpretar los “signos de los tiempos”, para leer en ellos la razón de nuestros fracasos e impulsarnos a encontrar el rumbo que nos ayude a superarlos. Esa estirpe que integran José Enrique Rodó, el argentino Manuel Ugarte, el venezolano Rufino Blanco Fombona y a la que se suman en esa categoría metholiana de “políticos intelectuales” Víctor Raúl Haya de la Torre y Juan Perón. Estirpe fundadora del nacional populismo latinoamericano, tan denostado como incomprendido por las elites intelectuales de la izquierda y de la derecha, cultoras ambas de una racionalidad ajena, incapaz de echar raíces en el alma de los pueblos de la América Mestiza.
            Y es así que Alberto Methol dedica gran parte de su obra intelectual a la búsqueda incansable de los “signos de los tiempos” que permitan comprender la voluntad latente de nuestros pueblos, para que a través de la política puedan construir y desarrollar un proyecto colectivo que los aleje de la marginalidad a la que están ineludiblemente condenados si sus dirigencias persistimos en los errores del pasado.
            Y acá volvemos a lo señalado al comienzo, cuando recordamos que con menos de veinte años desde esta orilla oriental del Uruguay, el Tucho Methol asistía conmovido a las jornadas que en Octubre del 45 protagonizaron los trabajadores argentinos inundando desde el subsuelo de la patria a la cosmopolita Buenos Aires en rescate de su líder y en defensa de su derecho inalienable de ser artífices de su propio destino. Y nace ahí su admiración por Juan Perón y el conocimiento de su pensamiento político; pensamiento político que incluso pocas veces en la Argentina ha merecido la atención y la profundidad de análisis y desarrollo a que lo ha sometido Methol.
            Voy a tomar como ejemplo de este magnífico empeño, uno de los ejes principales que desarrolla el profesor Methol Ferré en la conferencia que pronunciara en el Centro Cultural Hernández Arregui de Buenos Aires el 12 de julio de 2002. Pero permítanme empezar con una cita que confirma mi afirmación de que nuestro homenajeado forma parte de esa legión de privilegiados que son capaces de leer los “signos de los tiempos” e interpretarlos adecuadamente. Decía Methol, a menos de siete meses de las trágicas jornadas de diciembre de 2001: “Porque las protestas, los cacerolazos, si no tienen una arquitectura y un horizonte que les permita la comprensión del acontecer y sus hitos esenciales, es una acción sin rumbo y que se va a perder en mil esfuerzos dispersos. Solamente un pensamiento unificado, arraigado en nuestra historia, hija de nuestra historia, permitirá reencontrar rutas reunificadoras”. Me pregunto: ¿Será también profético el ejercicio laico de tratar de interpretar los signos de los tiempos?
            El eje que he elegido para desarrollar muy brevemente, es aquel que Methol recuerda de Perón cuando describía la evolución de los estados-nación, conformados en los comienzos del siglo XIX, hacia los estados continentales, etapa en la que nos encontramos actualmente, para culminar en un horizonte futuro, en la organización de un estado mundial. Y he elegido ese eje precisamente, porque así como en su tiempo llegamos con retardo a la conformación de los estados nacionales y a gatas conformamos ciudades estados que vivían de la explotación de sus respectivos hinterlands, vendiendo materias primas a los países industriales, para adquirir de ellos lo que Methol denomina la “mímica de la modernidad”. Como llegamos mal y tarde a la conformación de nuestros estados nacionales, hijos de la fragmentación arbitraria y en muchos casos provocada, de las Provincias Unidas de Sudamérica. Hoy, cuando estamos sumergidos a pleno en la época de los estados continentales, volvemos a correr el riesgo de perder y quizás de manera definitiva la posibilidad de ser actores en un escenario internacional tan lleno de riesgos como de oportunidades. Hoy, los signos de los tiempos nos enfrentan con el desafío de ser arquitectos de la construcción de la Unidad Sudamericana, de retomar el rumbo perdido en nuestra primera independencia o de ser responsables de un nuevo y definitivo fracaso, del cual serán víctimas como siempre los pueblos que esperan con paciencia infinita que sus dirigentes nos mostremos a la altura de las circunstancias.
            En “La Hora de los Pueblos”, hace más de cuarenta años, Perón anunciaba que el año 2000 habría de encontrarnos “Unidos o Dominados”, hoy quizás la opción sea aún más dramática. El siglo que comienza habrá de vernos “Unidos o Marginados”. También profetizaba Perón contra todas las evidencias de entonces, que “los pobres de hoy seremos los ricos del mañana” en una clara referencia a los recursos naturales de nuestra América. No sin dejar de advertirnos “que ya no van a invadirnos para apropiarse de ellas, nos las van a sacar por teléfono” y eso que el viejo general no conocía Internet. No estamos entonces frente a una opción, salvo que alguien crea que el suicidio es realmente una opción frente a la vida; y son falsos los atajos con que se nos tienta para marchar en solitario. La postergada unidad de América del Sur es hoy una cuestión de supervivencia ante la que deben ceder y frente a la que deben subordinarse, las disputas e intereses municipales con las que hemos desperdiciado dos siglos de nuestra historia.
            Quiero terminar señalando que no es casual que hayamos elegido este momento para reconocer con la Orden de Mayo a quien tanto ha dado, por la unión de nuestros pueblos. No ignoramos ni queremos hacerlo acá, la dolorosa situación por la que estamos atravesando. Pero permítanme una vez más no ceder a la tentación del pesimismo y menos aún a la de los intereses que intentan sacar rédito de nuestras diferencias. Estoy absolutamente convencido de la buena fe de nuestros gobiernos, de la convicción que ambos tienen de estar defendiendo de la mejor manera los intereses y los derechos de sus pueblos y de la vocación irrenunciable de encontrar más pronto que tarde un camino que nos permita transformar esta crisis en una oportunidad de fortalecer y profundizar los lazos de hermandad entre nuestras dos naciones, que no tienen otro destino que el de marchar juntas y alumbrar desde el sur del continente un nuevo amanecer que haga realidad la unión de los estados de la América del Sur.
            Gracias Methol por sus enseñanzas y su compromiso. Gracias por su envidiable juventud.



[1] Alain Badiou, filósofo francés, de filiación maoísta, nacido en Rabat, Marruecos, en 1937.

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