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EL MOSAICO SE COMPONE

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Entrevista realizada por Alver Metalli, año 2005.

Capítulo 4 del libro "La América Latina del siglo XXI", Edhasa, Marzo, 2006.

 

El mosaico se compone

Comienzo ideal del proceso de integración: los adelantados - Los comienzos reales: del ABC (Argentina-Brasil-Chile) a la Comunidad Sudamericana de las Naciones - Idas y venidas en el camino hacia la unidad - Las principales etapas - Aliados y adversarios de la integración - El modelo europeo, estadounidense, latinoamericano: límites y originalidad del caso sudamericano - La Iglesia y la unidad de América Latina - El Islam visto desde el sur.

 

De la globalización a la integración; o mejor, en la globalización, la integración. De hecho, al observar la historia reciente de América Latina, estos se perciben como dos movimientos estrechamente unidos, sincrónicos en su marcha hacia el futuro.

Es más preciso hablar de un movimiento de unificación, que comienza a dar los primeros pasos después de la fragmentación posterior a los procesos de independencia nacionales de los que hemos hablado.

América Latina se reúne en torno a dos núcleos: el imperio español, con sus virreinatos y capitanías, y el imperio portugués con su virreinato, luego reino del Brasil junto a Portugal. La independencia coincide con la subdivisión de la parte española -que comienza a fraccionarse hasta conformar los veinte países que hoy conocemos- cuyos fragmentos más importantes son: México en el norte y la Argentina y Colombia en el sur.

Un elemento característico de este proceso de fragmentación es el conformarse de lo que el chileno Pedro Morandé llamó la "polis oligárquica"(1), es decir los "estados-ciudad" que ejercían el control en los enormes hinterland, generalmente poco habitados y con mínima intercomunicación. Estas polis estaban estrechamente vinculadas a un centro externo (el Imperio Británico en el caso de América del Sur, hacia el que comenzó a acumular una deuda externa formidable) mientras que, en cambio, no estaban o estaban muy poco comunicadas entre ellas.

Por lo tanto, si Castilla y Portugal están en el origen de la América Latina moderna, en los orígenes de la América Latina independiente está Gran Bretaña en lo económico y, en el terreno cultural, Francia. Sintetizando mucho, diría que el modelo-base al que se refieren y del que obtienen inspiración nuestras jóvenes naciones independientes al asentarse es la Tercera República Francesa. Eso, en el último tercio del siglo XIX.

En este contexto, y confirmando la fragmentación de nuestros países, nuestros estados-ciudad en un primer momento tienden a imitar la forma de los estados-nación consolidados en Europa. Se copian incesantemente las constituciones europeas. Era un progreso manuscrito. Pero si bien en la primera mitad del siglo XX la idea de estado-nación alcanza su apogeo, en la segunda comienza a modificarse y aparece en el horizonte operativo la idea inédita de una América Latina integrada. Hasta que se forma el núcleo fundamental de la unificación de América del Sur, que a mi juicio podía lograrse sólo en la alianza argentino-brasileña(2). Esta alianza puso en marcha la actual proliferación de acuerdos en la región, que comenzó en 1991.

Hasta este momento se refirió a la globalización en términos positivos, como un proceso de perfeccionamiento de las antiguas ecúmenes; positivo para las sociedades latinoamericanas, y positivo para la Iglesia, intrínsecamente globalizadora. Sin embargo, ahora está hablando de bloques de integración regional. ¿No se contradicen estos dos movimientos, globalización e integración?

No, porque la integración es el único modo de participar en la globalización, el único para poder entrar verdaderamente en el concierto mundial de las potencias contemporáneas sin ser aplastados(3).

Me parece entender que la lógica de su discurso desemboca en el proceso de integración entre Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay: el Mercado Común del Sur, MERCOSUR.

Pero el punto de inflexión es anterior. La idea de integración está en el programa de varios partidos desde Haya de la Torre en adelante. A partir de allí deja de ser una cuestión fundamentalmente juvenil, algo utópica, y toma connotaciones de un proyecto político efectivo.

Juan Domingo Perón, en 1951, propondrá a Getulio Vargas y a Carlos Ibáñez del Campo un nuevo ABC (son las iniciales de los tres países involucrados: Argentina-Brasil-Chile) concebido como un trampolín hacia los "Estados Unidos de América del Sur", como lo llamaba el presidente argentino(4). El centro de aglutinación de América del Sur, en el razonamiento de Perón, era la alianza entre Argentina y Brasil. Alrededor de este núcleo duro podría realizarse la confluencia del conjunto.

Con estos rasgos se prefigura el actual MERCOSUR.

Un hecho de alcance histórico, dice usted.

El nacimiento del MERCOSUR es una novedad en la historia del continente, más de lo que imaginaron, incluso sus mismos actores, en aquel momento. El Mercado Común del Sur representa el movimiento inverso al proceso de fragmentación al que me he referido.

Si se observa el mapa,se ve rápidamente que en la inmensa y dispersa América del Sur, la única frontera viviente de Castilla y Portugal era la vasta "cuenca" del Plata. El resto, el gran arco amazónico, está todavía en formación, y por lo tanto representa más un confín abstracto que una frontera real. Sus fronteras reales están naciendo.

Volvamos al proceso de integración, actualmente en curso, entre los cuatro países sudamericanos. ¿Usted lo sitúa en el pensamiento ideal que comienza con la que ha llamado la generación del ‘900?

Sin duda. El proceso de integración retoma, persigue y perfecciona las intuiciones de aquella generación. Continúa la tarea inconclusa de Bolívar, San Martín y Artigas. Ellos acuñan la idea de la Patria Grande en contraposición con las pequeñas patrias, cuyo destino inexorable sería el de empequeñecerse cada vez más.

Las iniciativas más importantes desde la segunda mitad del siglo XX hasta hoy son los esfuerzos, más o menos frustrados, de llevar a cabo una mayor integración. Se intenta de una manera y se falla, se intenta de otra y se logra algo, luego se entra en una fase de cansancio, luego se retoma el camino, y así se sigue, dentro de un alternarse de resultados contradictorios que, mirados superficialmente, podrían desilusionar.

Es un "interregno", un período de transición entre el antiguo aislamiento en el que cada uno se recluía en su casa, y el intento necesario, de reunir las varias casas para ser una voz fuerte, que se escuche y que tenga peso en la historia común.

¿Usted no tiene dudas de que el camino de la historia latinoamericana conduzca hacia la integración, hacia la unidad del continente?

No, no tengo dudas.

¿Por qué está tan seguro...?

...Porque ello obedece a una profunda lógica de nuestra realidad...

¿...De que la integración sea benéfica para el conjunto de estas naciones?

Esto está por verse. Dependerá del perfil que asuma el proceso de integración. La unificación de América del Sur puede obedecer a tres tipologías distintas: la de ser un continente unificado a partir de los intereses de los Estados Unidos, la de serlo a partir de la hegemonía de Brasil sobre América del Sur, o la de unificarse teniendo como centro una equilibrada integración del área hispano y portuguesa mestizas sudamericanas.

En el primer caso, el continente asumiría el aspecto de un gigantesco Puerto Rico; en el segundo asistiríamos al camino más difícil de los tres. Un hegemonismo brasileño consolidaría la intervención de otros poderes extra-latinoamericanos. Sería un modo demantener la actual disgregación. Sólo la tercera vía de equiparación entre el conjunto hispanoamericano y el brasileño, llevaría a la comunidad nacional sudamericana. En conjunto son dos partes iguales.

¿Y en cambio?

Es la tercera posibilidad. La viabilidad del proyecto de integración tiene necesidad de dos mitades equivalentes; sólo así será posible una fusión real. La alianza argentino-brasileña muestra, por una parte, al país hispanoparlante de mayor importancia, y por otra, al único país lusoparlante del continente. Por eso la Argentina, mucho más que el Brasil, tiene necesidad no sólo de una buena estrategia en la alianza con su partner principal, sino también de una sabia y realista estrategia con los otros ocho países de lengua española. Es la única forma en la que la Argentina puede representar un poder equivalente al brasileño. Sin una paridad real sería difícil construir una integración duradera.

Los países de América del Sur deben ser conscientes de que sus destinos están ligados a su equivalencia; una política inteligente apuntaría a sostener esta alianza argentino-brasileña para sostenerse a sí mismos. La objetivación más significativa es que lo hispanoamericano concentre su equivalencia en Argentina. De esto era consciente Perón, pero en su país, nadie más se le ha equiparado. Por ejemplo, la política de fondo de Uruguay, el país más pequeño del MERCOSUR, debe ser la equidistancia entre Brasil y Argentina, pero para ser equidistante, Uruguay deber estar un poco más cerca de Argentina que de Brasil. A mi parecer, esta es una regla general para todos los países sudamericanos, que de otro modo quedarían en una posición de clara inferioridad con respecto a Brasil y, por lo tanto, no podrían realizar una integración con bases sólidas y duraderas.

¿Usted cree que estas tres hipótesis pueden colocarse en la misma línea de partida de este nuevo siglo?

Están alineadas. Cada una puede aventajar a la otra y tomar la delantera. Yo deseo que se consolide cada vez más un centro autónomo sudamericano, formado por los países de lengua española y Brasil, de lengua portuguesa. Los nueve países sudamericanos hispanohablantes en conjunto tienen una población, recursos y extensión equivalentes a las de Brasil, por lo que las condiciones de integración son igualitarias.

En cuanto a Surinam y Guyana son cuestión ante todo del ensamble Brasil-Venezuela. Surinam y Guyana son dos pequeños países de reciente independencia de Holanda e Inglaterra. Ellos se han unido a la reciente fundación de la Comunidad Sudamericana de Naciones (Cusco, diciembre 2004).

¿Ve etapas en el proceso de integración?

En lo que se refiere a un pasado reciente, hubo dos corrientes integracionistas principales. La primera comienza en los años ‘60 y continúa hasta los comienzos de 1970. La segunda adquiere fuerza alrededor de 1985 y sigue hasta nuestros días, con la irrupción del MERCOSUR y el surgimiento de la Comunidad Sudamericana de Naciones.

Puede considerarse como fruto maduro de la primera corriente la fundación del ALALC en 1960(5) (que se extendió a la mayor parte de América Latina) a la que acompañó, en el mismo año, la formación de un Mercado Común entre los pequeños países de América Central.

Se comenzó, de este modo, a remontar con lentitud la pendiente de una fragmentación económica secular, a abrir el comercio más allá de las fronteras nacionales impenetrables hasta el momento, excepto al contrabando. La cresta de la ola integracionista tocó Punta del Este, la célebre ciudad uruguaya, donde se decidió la desproporcionada puesta en marcha de un mercado común latinoamericano(6) que quedó en nada. Las ondas continuaron su avance, hasta que se detuvieron en 1969 con el inicio del Pacto Andino. También fue el primer Acuerdo Amazónico. A pesar de ilusiones primerizas desproporcionadas, se había comenzado a caminar el camino.

Se entra en una fase de reflujo.

No, no de reflujo. Más bien de suspensión. El decenio está marcado por un acontecimiento central: la dictadura militar brasileña, que interrumpió la experiencia tercermundista de Jango Goulart e impuso una alineación rigurosa con los Estados Unidos(7). Brasil se industrializó poniéndose bajo el manto EEUU, mientras que Argentina no pudo hacerlo, ni con Perón(8) ni con Frondizi(9), y menos todavía con los gobiernos militares(10), que llevaron al extremo la política de desindustrialización de Martínez de Hoz(11).

¿Y la segunda corriente?

Comienza en 1985 con la iniciativa argentino-brasileña de dar vida al Mercado Común del Sur. Después, vale la pena destacarlo, el otro polo de América -Estados Unidos, México y Canadá- instituye el NAFTA(12).

Efectivamente, hemos asistido hace poco al nacimiento oficial de la Comunidad Sudamericana de las Naciones(13). Empieza a tomar forma un bloque de doce países, el tercero en el mundo, después del NAFTA y la Comunidad Europea.¿Qué reflexiones le provoca este acontecimiento?

Es el paso lógico que une al MERCOSUR con la Comunidad de los países de los Andes. Ya mencionamos la novedad de Surinam y Guyana.

Se ha insistido sobre los límites de este momento fundamental: no hubo ratificaciones solemnes, no se sentaron las bases de instituciones comunes, no se habló de constituciones políticas formales, no se redactó ninguna carta de principios. Al final, sólo se aprobaron un centenar de proyectos de viabilidad y no hay más que eso.

Justamente por eso se lo puede considerar un buen comienzo: los países contrayentes han comenzado desde la realidad. Más aún, conjugaron el horizonte económico-social de la integración con un cronograma de las etapas puntuales.

En el ‘900, la integración tenía una connotación predominantemente histórico-cultural; en los años ‘50 el acento se vuelve más específico y se privilegia el terreno económico. Ahora, las dos dimensiones -la histórico cultural y la económica- están alcanzando un equilibrio más maduro, aún reconociendo que todavía no se pone el debido acento sobre una política de la cultura común que, en este estado de cosas, es condición para el progreso del propio conjunto económico.

Si la visión económica no es reforzada por una política cultural coherente, ¡pobre economía!

Aquí conviene marcar una novedad de Cusco-Ayacucho, que fue la Tercera Cumbre de Presidentes de América del Sur. La primera Cumbre Sudamericana fue por iniciativa del presidente Cardoso en Brasilia, en elaño 2000, en ocasión a los festejos del 500 aniversario del descubrimiento del Brasil por Portugal. Sólo se invitó a presidentes de América del Sur, no de América Latina. Era la primera vez que esto acaecía. Bien vale esto una breve explicación.

La Constitución histórica de América Latina en el siglo XVI señaló ya su estructura básica. Por un lado, el Virreinato de México que se adentraba en América del Norte y extendía su radio por América Central y las Antillas. Por el otro lado, en América del Sur se extendía el inmenso Virreinato del Perú rodeando la gobernación de Brasil en el lado opuesto. Hoy, todos los países hispanos de América del Sur han sido parte del Virreinato del Perú.

En cuanto a las Guyanas, de zona ecuatorial, han sido refugio de fracasados esfuerzos franceses, holandeses e ingleses de apoderarse del Brasil portugués.

Uno de los elementos esenciales de la dispersión de los países sudamericanos entre sí, es que nacieron desde la primacía oceánica de Europa, en su primera fase de Castilla y Portugal, y en su segunda fase inglesa y francesa. Todavía hoy, América del Sur está totalmente invertebrada por dentro, en sus comunicaciones internas. La gigantesca Amazonia en el Centro de América del Sur, un desierto "verde" ecuatorial, un Sahara selvático, nos descoyunta. De ahí la primera gran preocupación de la Primera Cumbre Sudamericana de Brasilia.

Allí se decidió poner el énfasis en estimular una infraestructura de comunicaciones -carreteras, ferrocarriles, ríos, etc.- que nos hiciera a todos accesibles mutuamente por "dentro". Le siguió la II Cumbre de Presidentes en Guayaquil (2002) que propulsó el IIRSA (Integración de la Infraestructura Regional de América del Sur), los planes ya están formulados, y la III Cumbre de Cusco ya enfoca en su fundación de la Comunidad Sudamericana de Naciones, la prioridad esencial de poner en marcha al IIRSA. Esto sí es comenzar por el principio: que Sudamérica se intercomunique por dentro. Y pone los pies en los caminos de la Tierra.

El preámbulo de la Comunidad Sudamericana de las Naciones se firmó en la Pampa de Quina, en el mismo día y lugar donde 180 años antes tuvo lugar la batalla de Ayacucho, el último gran enfrentamiento con los ejércitos realistas de España(14).

Justo donde terminaba la dominación española en América del Sur. En aquel momento, Brasil ya era independiente y fue invitado al Congreso de Panamá de 1826 que, por otra parte, fracasó. El significado simbólico es claro: en la Pampa de Quina se retoma y se completa lo que comenzó justamente allí.

¿Quiénes son y dónde están los adversarios de la integración latinoamericana?

Son los que sacan ventaja de una relación inarmónica en el intercambio económico-comercial entre zonas industriales y otras que no lo son o que lo son en escasa medida.

La relación comercial con Estados Unidos es asimétrica; a pesar de los esfuerzos realizados los países latinoamericanos siguen siendo exportadores de commodities, productos agropecuarios, petróleo en algunos -pocos- casos, materias primas, contra manufacturas de alta complejidad tecnológica. Los países industrializados fijan los precios de sus mercaderías de alta tecnología incorporada, subsidian sus producciones agropecuarias y así hacen dumping a los productos similares de América Latina. Hacen caer los precios o no nos compran y provocan así en consecuencia nuestro fuerte endeudamiento, porque de otra manera no se les puede pagar. Así se mantiene el remolino de la deuda externa que nos ahoga.

Un círculo infernal que el profesor Carriquiry, un querido compatriota inserto desde hace tiempo en el Vaticano, ha descrito en forma excelente(15). Además su obra "Una apuesta por América Latina" ha abierto el proceso de gestación de la próxima Conferencia Episcopal Latinoamericana convocada para el 2007, con una visión totalizante y coherente de la posiciónde América Latina en la historia mundial contemporánea.

También Carriquiry, participando en la celebración del 50 aniversario del CELAM, hizo una muy excelente y amplia conferencia sobre el proceso eclesial latinoamericano. Es referencia indispensable.

¿Existen corrientes de pensamiento en América Latina que no sean favorables a la integración?

Cierto. Reflejan aquella inercia intelectual que hunde sus raíces en la vieja fragmentación y que se expresa en los escritos que impregnan ampliamente el sistema escolar actual. Una visión localista que exalta "lo nacional" y que hasta lo opone a lo "sudamericano" y a lo "latinoamericano" penetra todavía la enseñanza primaria y secundaria en nuestras escuelas. La revisión de los libros de texto es apenas el comienzo.

Este hecho no hace más que reforzar la idea de que la educación es un nivel fundamental en un camino integrador.

Intente una comparación entre el modelo de unidad latinoamericana y aquellos realizados por la Comunidad Europea y los Estados Unidos.

Antes había trece colonias separadas. Los Estados Unidos nacen como mercado común de las colonias establecidas entre el Atlántico y la cadena de los Apalaches, donde se asentaba la población blanca. Forman los trece estados iniciales, con un centro federal que asume la representación internacional y la conducción de una economía estrechamente integrada, con impuestos externos comunes y tarifas comerciales comunes. Este núcleo originario se va expandiendo por los aportes migratorios que provienen de la otra orilla del Atlántico y llegan hasta el Pacífico.

Europa, en cambio, es un mundo interconectado por largos siglos.

América del Sur es una extensión enorme colonizada mediante un movimiento que funda algunas verdaderas islas urbanas en enormes vacíos, más ligadas a España y Portugal que entre ellas mismas. Por lo demás, esta es todavía la situación de hoy, como hemos visto en ocasión al IIRSA.

¿En el plano cultural?

La integración de América Latina tiene una base cultural fuerte y un tejido conectivo económico muy débil. El panamericanismo de Estados Unidos tiene una base económica fuerte pero carece de una realidad cultural unitaria. Es una observación que hizo Nicolás Spykman muchos años atrás, con palabras muy distintas(16), pero puede servir como premisa para entender analogías y diferencias en los dos procesos.

El camino de la Comunidad Sudamericana de las Naciones trata de unificar cultura y economía; el camino del NAFTA tiende a confirmar la separación. El MERCOSUR apunta a realizar cada vez más una confluencia, una compenetración de cultura y economía, mientras el NAFTA precisa cada vez más su naturaleza de área de libre comercio apuntando a una mayor y más ágil circulación de los productos.

En apretada síntesis: el MERCOSUR nace de la convergencia cultural, el NAFTA de la divergencia cultural. Son dos puntos de partida distintos; por esto, uno se autodenominó mercado común y el otro, área de libre comercio. La Comunidad Sudamericana de Naciones quiere vertebrar por dentro América del Sur; el ALCA mantiene la primacía oceánica contra el desarrollo interno.

El proceso de integración latinoamericana debe vencer un aislamiento secular al revés de Europa…

…A tal punto que hoy, el camino de unificación trazado en la cumbre peruana de Pampa de Quina, como ya señalamos, comienza con un aluvión de proyectos que se orientan a facilitar las comunicaciones infraestructurales entre país y país y entre grupos de países…

...Pero tiene la ventaja de una mayor homogeneidad cultural...

El proceso europeo se las tiene que ver con veinte lenguas; el latinoamericano con dos, que nacen de una misma raíz: del latín vulgar del Imperio Romano en su fusión con la fonética indígena, surgen el galaico-portugués, el castellano y el catalán.

España y Portugal formaron una unidad que constituyó el apogeo del primer imperio mundial entre 1580 y 1640. Después vinieron la separación y la decadencia que comentamos anteriormente.

¿Por qué debe interesarle a la Iglesia un proceso de unificación de América Latina?

Porque potencia su misión. Carriquiry, en su estudio sobre la América Latina contemporánea, establece un nexo entre cultura católica e integración, de un modo convincente y no extrínseco(17). La sola observación estadística muestra que la mayor parte del pueblo católico diseminado sobre la Tierra se concentra en América Latina(18).

Las fuerzas reales que operan en el mundo se reagrupan y delimitan en los estados y, en sentido analógico, en las iglesias. Las religiones están dentro del estado, salvo en el caso del Islam, donde se tiende a la unidad religión-estado. Poder significa la capacidad de determinarse a sí mismo y a otro. La relación recíproca entre la Iglesia y el poder detentado por el estado pasa a través de una influencia capilar que tiene innumerables formas de expresión.

Este razonamiento se aplica también a la perspectiva integracionista: potencia el poder y entonces potencia la misión de la Iglesia de influir sobre el poder del mundo. No me refiero al poder abstracto sino a aquella facultad que hace que los pueblos tengan, de hecho, horizontes vastos, que no caigan en ensimismamientos meramente provincianos.

La historia está allí para documentar que los pequeños estados carecen de visión. Salvo excepciones. Y los pueblos sin visión, mueren.

Si un estado considera que el desarrollo y el progreso de la justicia están mejor asegurados por un proceso de integración, la Iglesia -que es parte del estado- está llamada a participar de ello en la forma y modos que le son propios. ¿Es esto lo que usted quiere decir?

La Iglesia, por su misma misión, tiene la capacidad de valorar el bien y el progreso de los ciudadanos de una nación. El estado, a su vez, calcula las ventajas y determina las formas de la propia inserción en el concierto mundial de las potencias.

Hace un momento mencionó al Islam. En el origen de América Latina hay un conflicto religioso: el de la cristiandad europea y el Islam.

En los orígenes de la aventura oceánica de Portugal y Castilla está el asedio musulmán a Europa que comenzaba con Rusia, vasalla de los Tártaros, hasta el Imperio Otomano que se asomaba al Mediterráneo y se extendía hasta Marruecos. Este estado de cosas empuja a los dos países ibéricos a lanzarse en busca de las especias, que llegaban a Europa a través de la mediación musulmana. La incursión por el mar les permite aprovisionarse directamente de la materia prima a espaldas de los reinos musulmanes, como pensaba Enrique el Navegante. Allí comienza la decadencia del Islam, que es envuelto por un gigantesco movimiento de pinzas oceánico.

¿Cómo ve América Latina el conflicto entre Occidente y el extremismo islámico?

América Latina no tiene experiencia del Islam. En algunos de nuestros países se evocan, a lo sumo, algunas páginas de historia en las que los conquistadores hacían representar a los indios algunas obras con protagonistas moros y cristianos. Fuera de estas lejanas reminiscencias literarias, el mundo latinoamericano no ha tenido una realidad de contactos sistemáticos con el mundo musulmán, salvo algunas poblaciones negras traídas de áreas africanas musulmanizadas, que se establecieron en el norte de Brasil, como los Yoruba. Los Bantúes que llegaron a nuestras tierras eran paganos, no musulmanes.

Más recientemente, existen comunidades árabes dispersas en varios puntos del continente, pero esto no modifica la sustancia del juicio. América Latina, por su conexión con el Océano Pacífico, es mucho más sensible a la presencia directa del Extremo Oriente que a una presencia del mundo musulmán en cuanto tal.

¿Cómo se ve el supuesto conflicto Occidente-Islam desde esta lejanía cultural?

Volvemos al tema anterior, la integración. Una de las cosas que más sorprenden a un latinoamericano pensante -justamente por la sufrida similitud- es ver la incapacidad del mundo árabe para promover una política de unificación interna. En una era de estados-continentes, Irak, Arabia Saudita, Siria, el Líbano, etc., son pequeños países enriquecidos -algunos- por el petróleo y divididos, que no saben poner en marcha dinámicas asociativas. La atomización del mundo árabe condena a sus integrantes a una irremediable impotencia histórica.

No es casualidad la táctica de los ataques suicidas, sin precedentes en el mundo musulmán y que ahora se ha vuelto cotidiana. Es un indicador terrible de la frustración, de la ausencia de una vía política de salida y, al mismo tiempo, pone en duda la llegada de un renacimiento del Islam a la altura de los tiempos. Hay una pasmosa miseria en su pensamiento político.

El terrorismo de los musulmanes es el signo de su impotencia en el mundo contemporáneo.

¿Usted cree que en el futuro de Europa existe nuevamente el escenario de un conflicto epocal con el Islam, como muchos pronostican? ¿Le parece que el Islam, por cómo es hoy, con esta acentuada incapacidad para realizar procesos de unificación, representa el peligro más grande para Occidente?

El Islam de hoy es un mundo replegado sobre sí mismo, compuesto por pueblos sin petróleo y países petrolíferos sin pueblo. Los primeros están endeudados y no tienen más futuro que la dependencia, los segundos están en las manos de sultanes de las mil y una noches, esclavos ricos de Estados Unidos.

Todos están a la defensiva, y los mundos a la defensiva son peligrosos pero perdedores.

¿No encuentra usted que el occidente actual, el descrito por Brzezinski, Fukuyama, Huntington, del Noce, esté indefenso frente al avance del Islam?

El Islam tiene formas arcaicas de agresión y destrucción. La más eficaz no es bélica, es demográfica. Occidente retrocede, el mundo musulmán tiene tasas de natalidad altísimas. El Islam es un peligro para las sociedades que no generan hijos y si Europa ha anulado el crecimiento demográfico es por razones culturales. Ella misma constituye el mayor peligro para sí misma. Pero el mismo proceso se está dando en Estados Unidos. Son víctimas del hedonismo barato y egoísta que generan sus propias sociedades de consumo dominantes.

¿Se puede decir que la Iglesia haya seguido con simpatía la formación de los distintos bloques: el andino, el centroamericano, el sudamericano?

Siempre apoyó los movimientos de integración en América Latina. Es un rasgo constante, desde la Conferencia episcopal de Medellín a la de Santo Domingo, pasando por la Conferencia de Puebla, la más latinoamericana de las conferencias. Pero ya desde antes, la Iglesia había dado pruebas de seguir activamente los procesos unificadores. La primera reunión del CELAM, precedente a la misma Conferencia de Medellín de 1968, que tuvo lugar en Argentina, en Mar del Plata, comenzó con un prólogo a favor de la integración.

Desde la primera plenaria de Río de Janeiro, en 1956, a Santo Domingo, en 1992,pasando por las Conferencias de Medellín y Puebla, ¿cuándo estuvo más presente la idea de integración?

La primera Conferencia General del episcopado latinoamericano, distante en pocas décadas de la generación del ‘900, delibera sobre la creación del CELAM, una institución continental de la Iglesia latinoamericana, integradora por excelencia. La segunda Conferencia hace referencia precisa a la integración; dice sin paráfrasis que "se presenta como necesidad imperiosa para América Latina"(19).

En cuanto a Puebla, une el tema de la identidad con el de la integración(20) y, en un determinado momento, se lamenta por las amenazas "al ideal de la integración latinoamericana"(21). Desde este punto de vista, la Conferencia de Santo Domingo asume la integración como uno de los contenidos más positivos de la realidad histórica latinoamericana. Juan Pablo II lo dice en el discurso inaugural(22) y para los obispos es tema de discusión, una discusión que encuentra mucho espacio en el documento final. Éste señala el movimiento integrador como "signo de los tiempos"(23), un "factor determinante que puede contribuir notablemente a superar los graves problemas que afligen hoy al continente"(24). Luego formula un compromiso preciso para toda la Iglesia latinoamericana(25).

"Integrarse" es, para la Iglesia, un acto de sensatez pastoral: con estados separados no habrá desarrollo seguro ni lucha eficaz contra la pobreza.En el problema de la integración está contenido en síntesis el de la lucha por la justicia, por la investigación científica, por la adquisición de técnica y tecnología, problemas que no están al alcance de países individuales y separados. Y es también un acto de inteligencia de los tiempos: una presencia católica importante será todavía más importante en un continente unido.

En la próxima V Conferencia del CELAM, el tema de la integración debería estar presente con fuerza.

En efecto, con más fuerza aún que en el pasado, si lo que se quiere es coparticipar en el destino de los pueblos latinoamericanos. Las condiciones para influir, para hacerse escuchar, para tomar parte en las decisiones importantes, la condición para promover los propios intereses nacionales es la de ser continentales.

Usted ha escrito, en más de una ocasión, que no era anti-norteamericano sino pro unidad de América del Sur.

Antes que nada, estoy a favor de la unidad de América Latina. Esto determina el resto de las convicciones: en la medida en que Estados Unidos ponga obstáculos, estoy en contra, no por otra cosa que por un instinto de defensa.

Ellos fueron los primeros grandes "inventores" de la confluencia de trece colonias distintas, los primeros artífices de un mercado común, de un estado federal y nosotros, latinoamericanos, queremos hacer lo mismo. ¿Por qué deberían impedírnoslo? ¿O prefieren un solo centro de poder mundial antes que una equilibrada multipolaridad?

En este caso sí, entiendo que una comunidad sudamericana que persiga el desarrollo propio y se proponga integrar el concierto de los estados continentales modernos protagonistas del siglo XXI, sería una amenaza para ellos.

 

 

(1) Pedro Morandé Court, Cultura y modernización en América Latina, 1984; Iglesia y cultura en América Latina, 1989.

(2) El tratado de Asunción se firmó el 26 de marzo de 1991 entre Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay; cuenta además con dos países asociados: Bolivia y Chile. En diciembre de 1994, con la aprobación del Protocolo de Ouro Preto, se estableció la estructura fundamental del MERCOSUR.

(3) Una posición similar a esta es la que sostiene Francisco J. Piñón en: Integración Latinoamericana y mundo contemporáneo, Cuadernos del Incape, Buenos Aires, 1992.

(4) Muy conocido es el artículo en el que el presidente Perón ilustra la propuesta, firmando con el seudónimo Descartes.

(5) La Asociación latinoamericana de libre comercio fue creada con el Tratado de Montevideo del 18 de febrero de 1960. Lo firmaron Argentina, Brasil, México, Paraguay, Perú y Uruguay; en un segundo momento adhirieron Colombia (1961), Ecuador (1962), Venezuela (1966) y por último Bolivia, en 1967. El objetivo esencial debía ser la eliminación de los impuestos nacionales a las importaciones durante un período de 12 años, a partir de 1960. Cuando resultó evidente que el objetivo no podía ser alcanzado, se ratificó un nuevo tratado, que dio origen a la Asociación latinoamericana de integración (ALADI) que reemplazó a la ALALC, en 1980.

(6) La "Declaración de los presidentes de América" tiene fecha del 14 de abril de 1967. Se señala también allí la presencia del Primer Ministro de Trinidad y Tobago.

(7) El inspirador de la nueva geopolítica fue Golbery de Couto y Silva.

(8) Primer gobierno: 1946-1951, segundo: 1952-1955.

(9) Arturo Frondizi gobernó desde 1958 a 1962.

(10) Desde 1976 a 1983.

(11) José Alfredo Martínez de Hoz fue Ministro de Economía de 1976 a 1981.

(12) El Tratado de Libre Comercio de América del Norte, conocido con la sigla NAFTA, entró en vigencia en 1994 y fue firmado por Canadá, Estados Unidos y México.

(13) El acto formal de la Comunidad Sudamericana de las Naciones -culminado y firmado el 8 y 9 de diciembre de 2004- es el producto de la integración de los cuatro países fundadores del MERCOSUR (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) más Chile y la Comunidad Andina (Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela).

(14) La batalla entre el virrey La Serna y Antonio José Sucre tuvo lugar el 9 de diciembre de 1924. La capitulación final, firmada en el campo de batalla, decretó la independencia de Perú con respecto a España. Ayacucho, en quechua, significa "Rincón de los Muertos".

(15) Guzmán M. Carriquiry Lecour, Una apuesta por América Latina, Sudamericana, Buenos Aires, 2005.

(16) Nicolás Spikman, Estados Unidos frente al mundo, F.C.E. México, 1942.

(17) Cfr: op. cit. capítulo V, "De la catolicidad".

(18) La edición del 2005 del Anuario Pontificio habla de 1.086 millones de católicos en el mundo. América Latina representa el 49,8% del total, Europa el 25,8%, África el 13,2, Asia el 10,4% y Oceanía el 0,8%.

(19) Y continúa: "No pretendemos referirnos a aspectos técnicos, realmente complejos, de esta necesidad. Pero sí consideramos oportuno subrayar su carácter pluridimensional. La integración, de hecho, no es un proceso exclusivamente económico; antes bien se presenta con una dimensión amplia, que abraza al hombre entendido en su totalidad, bajo los aspectos sociales, políticos, culturales, religiosos, raciales" (Medellín 26 agosto - 7 septiembre 1968, nº 11).

(20) "Años de problemas, de una búsqueda afanosa de la propia identidad, a los que caracteriza el despertar de las masas populares y los intentos de integración latinoamericana" (Documento final, nº 233).

(21) "Peligro deplorable, debido en gran parte a las ambiciones económicas nacionalistas, a la parálisis de la cooperación en altos niveles y a los nuevos conflictos internacionales" (nº 1265).

(22) "Un factor determinante que puede contribuir notablemente a superar los graves problemas que hoy sufre este continente es la integración latinoamericana" (nº 15).

(23) "Sin embargo, constatamos como signo de los tiempos el dinamismo de naciones que se asocian, también en América Latina" (n. 205).

(24) Documento final, nº 206.

(25) «Estimular y acompañar los esfuerzos a favor de la integración latinoamericana como "patria grande", a partir de una perspectiva de solidaridad que exige, por otro lado, un nuevo orden internacional» (nº 209).

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ALBERTO METHOL FERRÉ

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