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PERO EUROPA NO ES LA IGLESIA

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- El tema de Europa se ha puesto de moda, entre otras cosas, a raíz de las transformaciones políticas que se produjeron en los últimos años en el Este europeo. Todos los europeos depositan ahora grandes esperanzas en la unificación de su continente. Y la Iglesia Católica también habla profusamente de “recuperaciones de las raíces cristianas de Europa”. ¿Cómo percibe usted, como no europeo, esta situación?

-  Los designios permiten algunas raíces. Las raíces permiten algunos designios. Las perspectivas de las raíces y los designios se corresponden. No podemos referirnos a lo uno sin lo otro. La lucha por uno es también por el otro.
            La Europa que vuelve al mundo ya no es, ante todo, las naciones europeas (como lo fue desde el siglo XVI hasta 1945) sino algo nuevo: la Europa que conjuga sus naciones. Pero hay dos modos de conjugar las naciones: como fracaso e impotencia de las naciones solas (de 1945 a 1989) o como nuevo designio propiamente positivo (como Europa está desafiada desde 1989). ¿Qué designio puede animar a una Europa protagonista? Ella nació unida como reflejo defensivo, instinto de sobrevivencia. ¿Y ahora? A nosotros, los latinoamericanos, nos importa más la pregunta europea por sus designios que por sus raíces. Pues si sólo se pregunta por las raíces, Europa no tendría nada que hacer. La cuestión de los designios a la altura de la época es lo más difícil. Allí sí, Europa se puede perder otra vez. O puede alcanzar a ser luz en el mundo. Quizás esto no pueda descifrarse en varias décadas. Aunque el juego ya comenzó.

            - A su criterio, ¿el destino de Europa y el del cristianismo están unidos? ¿Percibe usted el cristianismo europeo como “mejor”?

            - El rotundo inglés Belloc decía: “Europa es la Iglesia y la Iglesia es Europa”. Sin duda, la afirmación es falsa por partida doble. Ni Europa es la Iglesia ni la Iglesia es Europa. Quizás pudo serlo en un momento medieval, cercada por el Islam. Hoy no. La Iglesia está en las raíces de Europa. Es sólo parte de Europa y vive también más allá de Europa.
            De Gaulle y Adenauer en la catedral de Aquisgran son un signo superador de las guerras nacionales pero ya no es cristiandad sino Europa; palabra institutiva que funciona en el siglo XVIII, tras las guerras de religión. Luego vinieron las guerras nacionales. ¿Y ahora? El Vaticano II, el concilio de Europa, no es cristiandad. Pero es el último Concilio europeo y el primero mundial. Hoy, cualquier misión es mundial, no regional exclusivamente. Si Cristo vino de Nazaret, ¿por qué no puede venir hoy de alguna otra periferia?

            - Todo lo que se habla sobre las “raíces cristianas” (y el año que viene el libreto se repetirá para América Latina), ¿no le da la idea de un cristianismo como cosa del pasado, como religión de los antepasados?

            - La Iglesia es pueblo de Dios en los múltiples pueblos del mundo. Y hablar de pueblo, es mentar siempre las raíces. Las raíces son esenciales, pero siempre implican designios. Para nosotros, sólo Cristo, raíz y escatología, puede validar las raíces y los designios.

            - Otra palabra clave en este contexto es la evangelización de la cultura. ¿Qué imagen concreta evoca en usted esta fórmula? ¿Le parece sensato que ésta se transforme en un “programa eclesial”?

            - La “Evangelii Nuntiandi”, de Pablo VI, esclareció expresamente la cuestión, que Juan Pablo II reafirma en el programa para la IV Conferencia Episcopal latinoamericana de 1992. Todo está en qué sentido se tome. El sentido de la “Evangelii Nuntiandi” es perfectamente definido. En el sentido de Pablo VI, de Juan Pablo II y de la Conferencia Episcopal de Puebla, es un programa eclesial. Quien quiera discutir esto con seriedad, que discuta el punto de partida: la “Evangelii Nuntiandi”. De otra manera, no se entiende qué se plantea realmente. Hacemos juegos de palabras.

            - La existencia -en el pasado- de civilizaciones que nacieron del hecho cristiano, ¿no es más bien un efecto colateral, gratuito, y no el resultado de un programa? San Benito no pensaba para nada en Europa ni en la cultura…

            - Ante el derrumbe del Imperio Romano y la pluralización que trajeron los pueblos nuevos germánicos, San Benito dio una respuesta evangelizadora según los signos de los tiempos, que se reveló la más profunda y adecuada: los monasterios con la sabiduría de su regla. Así los monasterios evangelizaron, protegieron, fueron de antología, de punta en aquellos campos y con Casiodoro emprendieron también el salvataje de la cultura antigua. La evangelización es siempre un acto complejo, cuyo centro es el anuncio de Jesucristo. Pero Jesucristo mismo exige que sea todo lo demás. En América Latina la unidad de evangelización y justicia, de evangelización y promoción humana, de evangelización y vida en la ciudad (“reducción”), tuvo los más altos exponentes en las misiones franciscanas y jesuíticas. En las tan cercanas para nosotros “repúblicas cristianas guaraníes”. Y esto fue programa evangelizador.

            - ¿No teme la batalla (de palabras) que se desencadenará el año próximo por el Quinto Centenario? ¿Por un lado la leyenda negra, por el otro la retórica del continente católico?

            - Las batallas importantes son siempre de palabras. Terminar con la “leyenda negra” es un aspecto de nuestra lucha por la afirmación de América Latina. La leyenda negra pesará sobre nosotros mientras seamos vencidos. El V Centenario no sería nada si no ayuda a esclarecer nuestro proceso histórico. En este mismo momento oigo por la radio uruguaya Sarandí, un comentario de una periodista sobre la primera cumbre de presidentes iberoamericanos; la periodista se lanza furiosamente contra dos aspectos de la reunión: a) que esté invitado Fidel Castro y que se mantenga el principio de no intervención, y b) que estén presentes España y Portugal, “que pretenden ahora nada menos que ser mediación entre Europa y América Latina”. Entonces apela a la leyenda negra para impugnar violentamente la presencia de España y Portugal en esa conferencia y para señalar el peligro de un “nuevo colonialismo”. Esto es índice del desagrado, no de una periodista tonta, sino de otra gran potencia ante la injerencia europea en su campo. Como se ve, la leyenda negra sirve para muchos usos.

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ALBERTO METHOL FERRÉ

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