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LA INTEGRACIÓN ARGENTINO-BRASILEÑA. UNA PERSPECTIVA URUGUAYA.

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- ¿Cree Ud. que hay auténtica necesidad de integración para el Uruguay?

-  Absoluta. Es vida o muerte. No hay país moderno que pueda existir sin mercados amplios y estables. Y eso nos falta radicalmente. Somos pocos y cuantos menos seamos, menos seremos. Es inexorable.
            Antes cuando estábamos “integrados” en el mercado regido por Gran Bretaña, fue la era de la prosperidad tan añorada. Cuando los ingleses comenzaron su retirada luego de la segunda guerra mundial, fuimos quedando a la intemperie. Esto era visible en los primeros años de la década del 50. Los Estados Unidos no cumplían el mismo papel que Gran Bretaña. De ahí el progresivo derrumbe económico del país, librado a los azares del mercado mundial, sin capacidad de presión, imposibilitados de planificarnos a largo plazo, etc. etc. En estos etcéteras entran muchas otras inepcias. Nos quedaba sólo reencontrar nuestra viabilidad en la Cuenca del Plata. Pero eso era iniciar de veras otra historia para el país. Un nuevo giro en relación a la Paz de 1828 que nos creó.
            Lo cierto es que hoy, luego de haber tocado el fondo del pozo con la dictadura militar se abren por fin esas puertas nuevas al porvenir, una nueva integración esta vez latinoamericana. Pero no abstracta, sino bien concreta, inmediata y de vecindades.

            - ¿Pero no hay peligro que todos estos acuerdos no quedan en lo retórico más que en los hechos?

            - Siempre se comienza con la retórica, la palabra que busca persuasión. La retórica es un hecho importantísimo. Prepara los caminos y las atmósferas, cuando hay que cambiar muy de fondo. Los hechos vienen detrás de las palabras, o sea del pensamiento, cuando éste se adecua a las necesidades reales.
            Entre nosotros, la retórica latinoamericanista más estimable tiene larga data. El punto de partida más notable puede ubicarse en José E. Rodó. Entonces tal integración no era una necesidad inmediata para el país, que por el contrario entraba en esplendor de su era frigorífica en el área británica. Pero la visible irrupción del Imperio norteamericano hacía anticipar su hegemonía sobre el conjunto de una América Latina dividida en compartimentos estancos, con “desarrollo hacia afuera”.
            Por eso hubo “divorcio” entre retórica y hechos. Además, sólo con un nivel mínimo de industrialización, esa unidad podía ponerse en marcha. Y estábamos lejos de esto. Había que esperar. Y la retórica no dejaba de ser un fermento en la conciencia de América Latina. Aquí tuvimos el Centro Ariel, las idealidades estudiantiles de la reforma universitaria, las luchas por la “no intervención” en defensa de nuestras patrias, lo que tuvo su máxima expresión en Herrera. Ahora ese sentido latinoamericano nos lleva más lejos. Ya no hay sólo literatos y políticos sino también economistas y contadores.

            - ¿Piensa que un acuerdo entre Argentina y Brasil no puede achicar un mercado común latinoamericano general?

            - Todo lo contrario. Es su condición necesaria. Ya se hicieron muchos intentos respecto de la Cuenca del Plata desde 1941, se hicieron y se hacen los esfuerzos latinoamericanos de Alalc y Aladi. Desde los años 60 se agita el Mercado Común. Nada es en vano. Pero ninguno comenzaba por lo fundamental, por lo principal. Por eso eran cosas invertebradas. Lo principal y el principio, tanto para nosotros como América Latina es el entendimiento de fondo entre Argentina y Brasil. Lo demás viene de suyo. La misma cuenca del Plata supone ese acuerdo bilateral de fondo. Eso lo comprendimos en 1952 cuando Perón y Vargas buscaron esa alianza. Desde entonces ha sido el eje de nuestra visión geopolítica uruguaya y latinoamericana. Nos hizo comprender el papel de “nexo” de Uruguay entre Brasil y Argentina, en la nueva época histórica que debía abrirse, y que hoy por fortuna es clara para todos.
            Era hora. La integración de Argentina y Brasil, los dos países más industriales de América del Sur, es como la de Francia y Alemania para la Europa Occidental. Es lo más importante que nos pueda suceder. Sin eso, todo lo demás no toca lo medular, aunque eso no signifique que sea superfluo.

            - ¿La disparidad entre Argentina y Brasil no puede poner en peligro ese camino? ¿Qué pasos positivos pueden darse?

            - La disparidad entre Argentina y Brasil puede hacer peligrar ese entendimiento. Pero ninguna disparidad es inmóvil. Sólo exige políticas inteligentes, que si no se tienen, es claro, se pierden. En los últimos tiempos, Brasil ha tenido una política más inteligente y coherente. Así, el Ejército brasilero dio el gran salto de la industrialización, defendió el desarrollo autónomo en la energía atómica y los bienes informáticos, en tanto que el Ejército argentino también fue criminal -Martínez de Hoz mediante- con su industria. Pero si Argentina se encoge y aisla, pierde sin vueltas. Herrera repetía siempre que “las costas se defienden en alta mar”.

            Argentina tiene la obligación histórica de ser más inteligente y asumir los riesgos. Nada se gana o se pierde en un solo momento, sino que es un proceso, donde irán entrando, como ya el Uruguay, los otros países hispanoamericanos. Es un proceso que reclama nuestra máxima atención, lealismo e inventiva. Nada es fácil. A la victoria se llega por una serie de derrotas bien administradas, es lo que nos enseña la madurez.

            Una última observación. Los nuevos rumbos económicos de integración con Argentina y Brasil no son sólo asunto para empresarios, economistas y tecnócratas. Sería totalmente insuficiente. Debe alcanzar a todo el pueblo, a los pueblos argentino, brasilero y uruguayo, desde un horizonte latinoamericano. Esto implica una “política de la cultura” que es, una verdadera “revolución cultural”. Debemos retomar las raíces y el horizonte de nuestra cultura e historia comunes, en función del conjunto de América Latina. Esto significa un cambio enorme en las bases de la enseñanza, en los programas, los intercambios, la información. Debemos ser todos bilingües. Un revisionismo histórico integral, acorde a la altura de los nuevos tiempos, para que los cambios se hagan desde el “sujeto que son nuestros pueblos” y no como un nuevo “agregado mecánico”.

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ALBERTO METHOL FERRÉ

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