DE LA SEPARACIÓN A LA INTEGRACIÓN. DE ALBERDI A PERÓN Y EL NUEVO ABC

De Alberdi

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Haremos aquí una brevísima sinopsis de lo que creemos la perspectiva histórica esencial de Alberdi, apoyados principalmente en tres obras suyas: “Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho” (1837), “Memoria sobre la conveniencia y objeto de un CongresoGeneral Americano” (1844), “El Crimen de la Guerra” (1870).
Alberdi sostiene una visión metafísica del orden absoluto de la realidad y el hombre, desde una perspectiva religiosa y filosófica en que fe y razón se complementan, que es claramente jus naturalista, ética y jurídica y que se despliega en una filosofía de la historia universal, desde la que determina las filosofías políticas, las etapas básicas de la acción y los medios viables. Luego en las Bases hizo máximo hincapié en las particularidades económico-sociales americanas y argentinas, pero no perdió nunca el sustento filosófico inicial, totalizador.
En Alberdi hay toda una visión del desarrollo histórico, de las nacionesindustrialmente avanzadas y de las dependientes de las otras naciones, así como del eje de la marcha política general de la humanidad.
Para Alberdi nada es parcial hoy, nada es aislado en el sistema general de los negocios humanos. La unidad del género humano es cada vez más sensible, cada día más íntima. La prensa, el comercio, la guerra, la paz y hasta el océano, que parece alejar los pueblos y que en realidad los aproxima, son otros tantos vehículos que la robustecen cada vez más.
Vivimos un proceso de dos revoluciones inacabadas. Una revolución humana y social, que tiene su centro globalizador de la Modernidad, en proceso desde hacía tres siglos centrada en Europa (y luego también en Estados Unidos) que se orientan hacia una civilización mundial. La otra revolución americana desde 1810, nacional, oscilante entre la copia y su propia originalidad, dependiendo del centro, pero necesitando ser por sí misma. Oscilante entre la parodia y su propia creación. Hay diferentes alturas históricas según las sociedades. Las diferentes dimensiones de la sociedad se condicionan y modifican recíprocamente. De suerte que cual fuese la altura de su estado económico, religioso, artístico y filosófico, tal será la altura de su estadio jurídico. Y así recíprocamente en ajustes, desajustes y reajustes incesantes. Sus diversas dimensiones se desenvuelven mutuamente con cierto paralelismo. Intentar pasar con meras imitaciones de una altura histórica a otra, puede ser funesto y caótico. Una Constitución perfectamente europea en Bolivia, sería destructivo.
Sin embargo, a pesar de la coexistencia de muy diferentes altitudes o fases históricas entre los pueblos, hay una marcha general ya visible, a pesar de las violentas amalgamas, destructoras de muchos pueblos. Y las alternancias de revoluciones y reacciones.
Para Alberdi hay un paralelismo entre libertad y civilización, igualdad y civilización. Ya es la hora de los pueblos. El pueblo que quiere ser libre ha de ser industrial, artista, filósofo, creyente, moral. Suprímase uno de estos elementos y se vuelve a la barbarie. La religión es el fundamento más poderoso del desenvolvimiento humano. Es la escarapela distintiva de la humanidad: es una aureola divina que corona su frente y la proclama soberana de la Tierra. Y así, Jesucristo es la más grande revolución que se ha operado jamás en la humanidad.
La democracia no se conquista en un día, es un largo camino, exigente, progresivo. Un pueblo no ha venido a ser rey sino después de haber sido vasallo, cliente, plebeyo, pupilo. La democracia, como ha dicho Chateaubriand, es la condición futura de la humanidad. Difundir la civilización es acelerar la democracia, aprender a pensar, a adquirir, a producir, es reclutarse para la democracia. Todo conduce a creer que el siglo XIX acabará plebeyo. En la educación de la plebe descansan los destinos futuros del genero humano. La mejora de la condición intelectual, moral y material de la plebe, es el fin dominante de las instituciones sociales del siglo XIX. A medida que avanza la democracia sobre las alas de oro del cristianismo, que nivela las almas ante Dios, y de la filosofía, que nivela las inteligencias ante la razón. A medida que los hombres van siendo hombres, una misma estatura comienza a remplazar las jerarquías que antes quebraban la humanidad.
Esta visión histórica se completa a la altura de 1870, cuando se pregunta Alberdi cuáles serán los grandes pasos conducentes y preparatorios de la unión del género humano. Primero, será la formación de grandes unidades continentales, que serán como secciones del poder central en el mundo. Como un Consejo de Seguridad de grandes potencias, que sería mas gobierno que consejo. Un concierto decisorio de Estados Continentales. ¿De muchos o pocos? Y Alberdi piensa: “Aumentar el número de las grandes naciones, por la aglomeración de las pequeñas. Cuando en lugar de cinco grandes estados haya 20, el poder de cada uno será menor. Luego, las grandes aglomeraciones no son contrarias a la constitución de la sociedad internacional en un poder cada vez más democrático.” Así, finalmente, las naciones tenderán o gravitarán a la formación de una sola y grande nación universal. ¿Será este el fin de la historia? De ninguna manera: empezará la historia del Pueblo-Mundo, ya sea como Estado Universal o como Confederación de una red mundial de asociaciones. Este sería el marco definitivo de la historia mundial y sus nuevas vicisitudes en adelante.
Alberdi, cuyo pensamiento fue siempre desde y para la Argentina separada, no perdió nunca de vista su ligazón con América Latina, y menos aún con América del Sur. De esto queda el testimonio notable de su tesis de graduación universitaria “Memorias sobre la Conveniencia y Objeto de un Congreso General Americano” (1844). Desde la Separación, Alberdi no perdió de vista la Integración. La Memoria era en momentos que el presidente chileno Bulnes convocaba a un Congreso General de Plenipotenciarios americanos, al que ya habían a adherido Brasil, la Confederación Argentina, de Rosas, Perú, Bolivia, Ecuador, Nueva Granada, México. Se trataba para Alberdi de un programa de una futura existencia continental, un orden y asociación continental. Era ante todo una lucha contra la pobreza, la despoblación y el atraso de nuestros países, de lo desiertos sin ruta, de la recomposición geográfica, de la unión comercial, uniformidad de la moneda, de política bancaria y crédito público, reválida de títulos universitarios, programas de colonización, etc. Alberdi se inspiraba en el Zollverein alemán, que fue la base en el siglo XIX de la creación unificada de Alemania. Pero la asamblea convocada no se realizó. Los Congresos hispanoamericanos terminaron su itinerario, luego del de Bolívar en 1826, con el de Lima (1847), Santiago de Chile (1856) y Lima (1864). No se reunieron más, y a fines del siglo XIX (1889) comenzaron a ser Panamericanos, con la hegemonía naciente de los Estados Unidos. Alberdi, en 1844, no quería que se invitara ni a Brasil ni a los Estados Unidos a participar en la Unión hispanoamericana. En 1880, Alberdi todavía pensaba posibles uniones parciales, bloques de países. Siempre añoró la unión de la América del Sud.

Un último apunto. En tiempos de Bolívar, Alberdi tuvo un precursor en el Canciller mexicano Lucas Alamán. Este fue un empresario minero, que se erigió en el primer y único intelectual de la primera Emancipación que se planteó la necesaria revolución industrial para nuestros países, y que quiso ampliar la visión bolivariana de una “nación de repúblicas” como federación defensiva militar, con una perspectiva nueva de una serie de pactos aduaneros de preferencia (rebajas) entre nuestros países hispanoamericanos. Encontró la oposición de Gran Bretaña y Estados Unidos, que lo hicieron caer.
                El programa integrador de Alberdi no fue asumido. Solo fragmentos se pusieron luego en marcha. Uno de los más importantes ha sido el económico social que, en nueva dinámica, impulsó al abrirse la Segunda Mitad del siglo XX, la Cepal de Raúl Prebisch. Pero lo más esencial será retomado desde la modificación estratégica sustancial que señalará “el Nuevo ABC” del presidente argentino Perón, en 1951. 

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